15 d’agost 2013

CAT de Schrödinger



Aquell fred dimarts de febrer, la pila de diaris s'amuntegava sobre la vorera i per una vegada compartien portada. Finalment, el President havia fixat la data del referèndum per la independència i ho havia anunciat amb una calculada solemnitat. Els editorials treien fum i preveien apocalipsis i paradissos en proporcions similars. Tot i que tot just havien sortit les primers llums del dia, es respirava una atmosfera de tensió, alguns dirien que d'emoció continguda.

Aquell mateix dimarts de febrer, la pila de diaris s'amuntegava sobre la vorera i compartien portada. El President havia anunciat que no era possible el referèndum per la independència perquè no es donaven les condicions objectives per a la seva celebració. Amb un rictus d'evident preocupació, el President havia presentat un llistat de propostes alternatives i havia anunciat eleccions anticipades. Tot i que tot just havien sortit els primers llums del dia, es respirava una atmosfera de tensió.

Unes setmanes abans, el President havia estudiat de forma detallada tots els informes. Uns descrivien la manca de suport internacional, especialment a Europa. Altres havien precisat suports no explícits i aliats ocults. Uns estimaven els problemes econòmics i financers que es derivarien d'una decisió immediata i reclamaven prudència. Altres describien un futur molt negre si no s'activava el procés de la independència. Uns auguraven una victòria molt àmplia del sí. Altres alertaven del vot ocult i de l'efecte escocès...

I, finalment, atrapat en un atzucac en el que totes les opcions semblaven massa incertes, el President decidí convocar el referèndum i no fer-ho. Les dues coses. Després d'un breu viatge a Copenhage per a reflexionar-hi i prendre una decisió, el President trobà un deslliurador al nus històric que s'havia creat. Per això, aquell fred dimarts de febrer Catalunya era cridada a les urnes i es diluïa temporalment aquesta via, al mateix temps. Les dues realitats coexistiren com el gat de Schrödinger.

Un any més tard, cadascuna de les opcions havia activat noves variants. La cancel·lació del referèndum havia donat lloc a una consulta sense efectes legals i havia reactivat la via federal, amb un pacte fiscal amb el govern de Rajoy. El referèndum havia creat un resultat molt ampli a favor del sí i una justíssima victòria del no, per només dos centenars de vots. En només un any, les dues realitats simultànies eren ara quatre, totes coexistint com coexisteixen les llunes de Júpiter. 

I atrapats en el vertigen de la progressió geomètrica, aviat se superaren les cent variants, algunes d'elles absolutament imprevisibles. Una vegada oberta la caixa de Pandora dels móns simultanis, els universos paral·lels proliferaren com una màquina de crispetes. En alguns casos, les variants coincidien, com si els camins d'un laberint arribessin a un mateix punt. Altres vegades la llei de probabilitat havia permés l'activació de variants aparentment impossibles, com aquella en la que les Illes Medes foren considerades com a Territori de l'Imperi d'Ultramar o l'altra en la que la capital de Catalunya fou traslladada a la Conca de Barberà. 

El big bang precisava d'una constant. Només amb un element comú en tots els universos paral·lels seria possible redreçar el caos. Però res semblava ser comú entre catalunyes tan diverses, entre opcions tan distants. I quan ja semblava perduda tota esperança, quan l'expansió de versions s'apropava al col·lapse, es va trobar una constant, un element comú en tots els universos creats. Fos quin fos l'escenari resultant, sempre rebé un editorial laudatori de La Vanguardia. I tres semàfors verds, és clar.

13 d’agost 2013

Museos saturados. ¿Qué hacemos?



Cada verano nos asaltan las mismas noticias, y a veces pienso que son exactamente las mismas, con sus mismos becarios, sus mismos planos y sus mismos guiones. Y entre los clásicos caniculares, no puede fallar el tumulto de turistas. Este año le ha tocado a los museos, saturados de señores con chancletas y la epidermis como el lapiz de labios de mi tía abuela. Y si lo dice la televisión, entonces es verdad: Los museos se han llenado de turistas y en la calle Montcada de Barcelona no cabe ni un Falete más. 

Digo turistas, aunque sabemos que algunos de los que hacen cola pacientemente a la entrada del museo son locales ávidos de cultura. En el artículo de El Periódico, leí que entre los visitantes había dos aborígenes en paro que habían optado por un recurso imaginativo: Ya que no tienen dinero para irse de vacaciones, van a hacer el turista en su propia ciudad, y ahí estaban el domingo en la calle Montcada con su cámara, sus chancletas y su turística paciencia.

Que los turistas visiten museos debería ser una buena noticia. Aunque nadie ha demostrado jamás que a los asesinos en serie no les guste Caravaggio o Kandinsky, ver un cuadro es bastante más inocuo que el balconing o las despedidas de soltero. Si un millón de personas entran en un museo, son un millón de pequeños instantes culturales que gana la humanidad; y además mientras están allí no pueden ver Gran Hermano ni Supervivientes, que no es poca cosa. Todo este preámbulo se podría haber condensado en una frase: Que los museos sean visitados, me parece mejor que peor. Creo que no hay nada más absurdo que un museo vacío; bueno, tal vez sí: la programación de Telecinco. 

Pero ahora debemos formular el problema. Son demasiados. Hacer dos horas de cola para después ver fragmentos de cuadros tapados por las cabezas de nipones que fotografían las pinturas, mientras grupos que persiguen guías vociferantes te empujan como si fueran ñus atravesando el Serengueti es una forma moderna de tortura. Y no se dejen engañar por las encuestas: Nadie va a confesar que su visita al museo ha sido como una hora en el dentista, porque en los manuales del buen turista les advierten que ver un museo es lo mejor que les puede pasar en la vida. 

Creo que la museología turística (no existe, pero debería existir) tiene que encarar el problema e inventar soluciones. Al menos antes que una familia de la Bretaña quede sepultada bajo un grupo de turistas rusos que aún no conocen la dieta Dukan. En un improvisado brain storming, éstas serían algunas propuestas iniciales. ¿Cuáles son las suyas?.

Gestión horaria

Los gestores de espacios saben que los turistas se concentran en horas montaña y que desaparecen en las horas valle. Hay una cadencia horaria en la que todos caemos. No es que sean muchos (que lo son), sino que además usan los mismos horarios por lo que llenan los espacios a las mismas horas. Una primera solución de emergencia es fijar horarios y, por tanto, llenar los espacios valle con los turistas que sobran de las horas montaña. Esto se puede hacer de forma universal, como en la Alhambra de Granada, o solo por cupos, como en el Fast Pass de los parques Disney.

Puestos a jugar con los horarios, ¿por qué no estirar los tiempos de apertura?. Casi todos los grandes museos de Barcelona abren a las 10 (algunos a las 11) y cierran a las 20 horas. Incluso cierran un día a la semana (como el MACBA) o alguna tarde. El horario medio de apertura es de unas 60 horas semanales, de las 168 posibles. Tal vez no compense estirar por la mañana (o tal vez sí), pero estoy seguro que un museo que cerrase a las 22 horas estaría lleno por las noches. Si pasamos de 60 a 120 horas, duplicaremos el tiempo disponible, lo que equivaldría a dividir por dos el grado de congestión en un modelo de gestión horaria. La mitad del agobio puede ser la tranquilidad.

Gestión de nodos

En realidad, no todos los museos de la ciudad están abarrotados. No se cabe en la Miró, el Picasso, el MACBA o el Cosmocaixa; la cosa empieza a decaer en el MNAC. El resto se llevan las migajas. La Tàpies no alcanza los 80.000 visitantes anuales. Le pasa lo mismo a Madrid, a Londres, a París o a Nueva York. Los turistas van a unos pocos museos y visitan unos pocos monumentos. Siempre los mismos; por eso están llenos.

Las ciudades se deberían plantear como objetivo estratégico colocar en el imaginario turístico un museo secundario. No hace falta recomendar a los turistas que vayan a la Miró, porque toda la maquinaria turística (de las guías a las excursiones facultativas) está organizada para ponerla en valor  o el Picasso. En algunas ocasiones, se podría fomentar un cierto antimarqueting de los grandes museos y a favor de los pequeños, que trasladase una parte de los flujos masivos hacia nuevos nodos por descubrir. Las ciudades no deberían recomendar sus TopFive porque lo único que hacen es contribuir al colapso. Parece más sensato intentar ampliar ese Top con dos o tres nodos más. Cuanto mayor sea la oferta, más se distribuirán los flujos y, por tanto, menor será la presión sobre cada uno de los nodos. Mejor seis museos con medio millón de visitantes que tres con un millón. En el peor de los casos, conseguiremos que los turistas no vean dos museos de media, sino que visiten tres, pero me parece un efecto secundario asumible.

Nuevos espacios

Los museos clásicos no estaban diseñados para grandes masas, a diferencia de los campos de fútbol o los parques temáticos. Los edificios museísticos deben asumir su condición de continentes de masas de una vez. Eso exige replantearse muchas cosas, tantas que no podría resumirlas en el espacio de este párrafo. Centrémonos en dos ideas clave: La primera es que la congestión está relacionada con dos variables, que son el número de usuarios y la superficie. Si no podemos actuar sobre la primera, hagámoslo sobre la segunda y estiremos al máximo el espacio disponible. Los museos son demasiado pequeños y los espacios de acceso crean más cuellos de botella que en una cervecería.

Puestos a rediseñar, me imagino salas menos densas, con muchas menos obras por pared, mayores recursos audiovisuales (diez personas no pueden admirar a la vez la textura de una pincelada, pero un buen audiovisual puede mostrarla a varias docenas), itinerarios diversos (cortos, medios, largos), áreas de consulta, zonas de reposo... De los museos incómodos, fríos, densos y minúsculos a los museos ágora. confortables, cálidos, espaciosos y dinámicos.

Públicos diversos

No todos los usuarios de un museo son iguales. Algunos precisan de una dosis mínima de obras para satisfacer su curiosidad, lo que me parece legítimo y, en algunas ocasiones, totalmente razonable. Otros quieren sentir el hálito de lo extraordinario y saben que eso requiere paciencia y una cierta intimidad. Unos buscan un contacto rápido e intenso. Otros valoran la soledad y el tiempo. ¿Por qué ofrecemos a todos el mismo producto?.

Imaginen un museo con tres itinerarios, distribuidos como las capas de una cebolla. Para algunos, la capa exterior (sobrefrecuentada) es suficiente; allá se encuentran algunas de las obras más representativas y la información básica. En una segunda capa, más exclusiva, entramos a salas con menos visitantes, con más tiempo, menos densidad, más información. Podemos, incluso, imaginar una capa profunda, más erudita, con experiencias culturales casi únicas.

Es posible también combinar los recursos audiovisuales con las obras expuestas. Para algunos, los recursos explicativos de alta calidad ofrecen las claves necesarias para entender unas pocas obras. El museo es más una fuente de respuestas que una exposición de arte. Para otros, las obras son el principal argumento y no necesitan una fuente de información densa. Estas dos necesidades extremas nos permiten imaginar dos museos diferentes bajo el mismo techo, que genera dos experiencias opuestas, pero perfectamente compatibles.

Me imagino, por ejemplo, la sala solitaria, una sala expositiva en la que solo es posible acceder de uno en uno, por tiempo limitado (digamos, 15 minutos) y que puede producir instantes de extrema sensibilidad.

Locales

No hay museos sin un uso ciudadano. Que el Picasso reciba casi un 97% de visitantes internacionales quiere decir que los locales (y, por extensión, los catalanes) lo consideran un museo inaccesible. Curiosamente, la paciencia es una virtud que desarrollamos en los viajes y estamos dispuestos a esperar y compartir nuestra visita con centenares de miembros de nuestra especie. Cuando estamos en nuestra localidad, cinco minutos se nos hacen eternos. Pero eso, y por otras razones que sería largo explicar, los residentes no visitan tantos museos como los turistas.

La estrategia turística de un museo precisa, paradójicamente, una estrategia no-turística. Si el museo no forma parte de la identidad local, su condición de artefacto turístico lo debilita. El nuevo plan de gestión del Park Güell nos da alguna pista, con acceso gratuito para los aborígenes y previo pago para los forasteros. Puestos a pedir, ¿por qué no horas exclusivas para locales, como las iglesias que cierran sus puertas para el culto de los feligreses?.

Romper el museo

Hay una forma extrema de conseguir romper la congestión, que es romper la unidad del museo. Imaginen, por ejemplo, que convertimos el Picasso en tres museos Picasso, separados entre sí por un espacio lo más amplio posible. Imaginen un Picasso en el Born, otro en el Eixample y un tercero en Montjuïc. Con ello, conseguiré o bien disminuir la presión sobre el conjunto (aquellos que deciden ver solo un espacio no presionan sobre los otros dos) o bien espaciar la visita (para aquellos que acaban recorriendo el conjunto de los espacios). Me imagino incluso un vehículo que los lleva de museo en museo y que durante el trayecto les permite ampliar su información sobre la obra y el autor.

Dejo a un lado las posibilidades de la tecnología (la aplicación del Street Museum de Londres, por ejemplo), la disolución de las fronteras entre dentro y fuera del museo, los espectáculos que combinen artes escénicas y obras o las sesiones de aprendizaje. Es cierto. Algunos museos están muy por encima del umbral de ruido. Ha llegado el momento de repensar los museos y la gestión turística de las grandes ciudades. Y ustedes, ¿qué ideas proponen?.

  

10 d’agost 2013

La loteria catalana



Deixeu-me formular una hipòtesi: Les úniques nacions viables són les que tenen un projecte que transcendeix la pròpia nació. O, expresat de forma més comprensible, només les nacions que pensen en clau global, que tenen un projecte molt més ampli que elles mateixes, tenen opcions de supervivència. Quan el projecte de la nació és la nació mateixa, no hi ha futur possible.  

Les aigües estancades del nosaltres, quan nosaltres vol dir només nosaltres mateixos, crea una mena de joc de miralls que no permet obrir les finestres. Per això, les nacions que admiro fan de la geografia la seva assignatura capital. I, per això, Suècia, Canadà, França, el Japó, Nova Zelanda, Costa Rica o Botsuana aporten alguna cosa a això que podríem anomenar el projecte de la humanitat, ja sigui la defensa de la biodiversitat, la gestió de la cultura, la pau o la protecció de les costes. I, per això, Colòmbia lidera el projecte caribeny, Perú reivindica l'eix andí i Senegal aposta per la costa guineana. 

Aquesta és una curiosa paradoxa. Quan més ignora el disseny del país al propi país, més s'enforteix. Ara deixeu-me formular la versió inversa: Quan més parla un país d'ell mateix, del "nosaltres", quantes més banderes el cobreixen, més s'afebleix. 

Pensava jo aquestes coses en el no-res de l'estiu, quan m'interromp la notícia de la loteria catalana i la justificació del President: "guanyarà el país, perquè els diners es quedaran a Catalunya". I jo, que ni jugava a aquella loteria ni jugaré a aquesta, sento una mica de fred en aquest estiu tan plàcid. Una mica orfe, si voleu.

06 d’agost 2013

10 consejos para tus viajes


Viajar es una ventana abierta a lo extraordinario. Una oportunidad para vivir pequeños fragmentos de felicidad. De todas formas, es fácil caer en los muchos males de los viajes: la rutina, el cansancio, la frustración, la desidia o, en el mejor de las casos, la sensación que todo ha pasado demasiado rápido. Cada viaje es un universo y cada viajero un mundo, de manera que no hay recetas universales. Sin embargo, tal vez estos consejos puedan serte útiles justo ahora, que llaman a embarcar a tu vuelo.

Sé flexible. Aunque es bueno que los viajes tengan un programa, muchas veces las sorpresas nos asaltan de imprevisto. Un lugar que no prometía se convierte en un paraíso, un parque apartado pasa a ser el centro del viaje, una ruta casi espontánea deviene el único camino posible... Viajar es estar preparado para modificar el itinerario, ampliar los días, incorporar compañeros de viaje o descubrir nuevas fronteras. Cuanto más abierto, cuanto más flexible, mejor se adaptará el viaje al ritmo de los imprevistos del destino.

Desacelera. Los viajes pecan de una extrema velocidad, el síndrome "si hoy es martes, esto es Bélgica". Hemos depositado tantas esperanzas en estos días, que nos aterra el tiempo muerto. Y para compensar el horror vacui, llenamos la agenda de monumentos, ciudades, calles, islas y fiestas. Además de agotarnos y generar el estrés del viajero, esta velocidad nos impide sentir el valor del instante, que es la más valioso del viaje, la sensación de estar aquí y ahora. 

No tiene sentido conocer una plaza en unos pocos minutos. Para dotarla de sentido, debemos pasearla, perdernos por ella, reconocer sus detalles, vivir sus jornadas, reconocer sus habitantes,... hacer de la plaza un hábitat efímero. Más que una suma infinita de monumentos vacíos, unos pocos lugares dotados de sentido.

Aligera. La mejor maleta es la que tiene la mitad de las cosas que habíamos previsto. El viajero es un nómada a tiempo parcial y los nómadas saben que deben escoger muy bien sus hatillos. Siempre podemos lavar la ropa o adquirirla en el destino. Seguro que no necesitaremos tantos gadgets, ni libros, ni remedios contra el horror al vacío. Cuantos menos substitutos llevamos, más oportunidades daremos al lugar para llenar nuestro tiempo.

Desconecta. Viajar quiere decir entrar en un nuevo universo y sentir la experiencia de estar en una realidad alternativa. El verdadero valor del viaje es ése: Sentir que estamos en un espacio extra-ordinario, fuera de los ordinario, lo que nos invita a vivir experiencias también extra-ordinarias. Eso exige cortar con el cordón umbilical que nos une con lo local. No necesitamos saber cada día cómo evoluciona el fichaje del jugador del equipo local ni la última declaración del político de guardia. Desconectar quiere decir, literalmente, perder la conexión y no recuperarla hasta el regreso. 

Desenchufa. Una de las formas más eficaces de desconectar es forzar unas vacaciones lo más unplugged posible. No es necesario escribir cada nuevo paso en el facebook ni reportar el viaje en el twitter. Dedicar unos pocos minutos día a actualizar nuestras redes sociales debería ser suficiente. 

Aíslate. Viajar solo es una experiencia que todo el mundo debería acometer al menos una vez en la vida. En todo caso, si tu viaje es en pareja, en familia o en grupo, regálate cada día un momento exclusivo para ti. Exige un momento en el que puedas saborear el destino a solas, sin espectadores ni agotadoras negociaciones. Esto es especialmente necesario para las parejas: Pasar de un relación casi virtual a 24 horas al día de contacto puede ser una sobredosis con efectos secundarios imprevisibles. ¿Por qué no os regaláis una tarde a solas?. Tal vez coincidáis en la misma fiesta nocturna.

Conversa. Más allá de los paisajes, de las fortalezas, los barrios antiguos y las islas, los lugares son sobre todo continentes de historias. Los destinos nos ofrecen la oportunidad de conocer formas de vida, miradas, cosmologías, rituales, tópicos o ideas que merecen ser conocidas. Y la forma más fácil de acceder a las historias de un destino es conversar con sus propietarios, los habitantes. Conversar es un arte: Requiere ganar la confianza, crear un clima de reciprocidad, acertar con el interlocutor y, sobre todo, saber escuchar. Deberíamos medir los viajes a partir de las conversaciones que hemos podido mantener, aquello que hemos aprendido de los otros.

Prueba. Ante la duda, hazlo. Tocar un instrumento musical, hacer una vía ferrata, prepara un plato exótico, aprender un canto, rezar, sentir el tacto de la tabla de surf... Durante el viaje, tenemos tiempo y ánimo. Es una excelente oportunidad para afrontar retos personales, descubrir pasiones que nunca has tenido la oportunidad de testar.  

Escápate. El turismo tiende a crear una película protectora que aísla a los turistas de los residentes. Son calles o barrios comerciales y turísticos, con precios elevados, menús internacionales, tiendas turísticas y terrazas abarrotadas. Escaparse de esa burbuja, permite conocer los restaurantes locales, las tiendas con precios razonables y, lo más interesante, la vida que bulle fuera de las calles turísticas. El riesgo es acabar en barrios anodinos o lugares sin ninguna gracia, pero vale la pena escaparse y probar fortuna. Guiarse por el instinto y seguir a los locales son dos herramientas siempre útiles.

Repite. Hemos entrado en una absurda competición de lugares inéditos, como si fueran los cromos de una colección. Y nos da pereza repetir un lugar donde ya hemos estado, porque "ya lo hemos hecho". Repetir nos permite saltarnos el protocolo de la primera visita y descubrir los rincones que se abren solo después de paciencia, conversaciones y una cierta insistencia. Entiendo el valor de la novedad y de lo inédito, pero deberíamos valorar también la importancia de visitar ese lugar, en el que ya nos orientamos y que podemos saludar a un vecino por la calle.

Hay una forma sencilla de saber si, finalmente, el viaje ha valido la pena. Cuando notes que vuelves con un extraño: tú mismo. Cuando a tu regreso ya no eres exactamente como eras cuando te fuiste. Aunque nada transmite mejor la pasión del viaje que este anuncio, que resume el valor de lo extraordinario.