28 d’abril 2015

Por qué se enfadó Garitano



El argumento sería más o menos éste. Si hay diez personas en una sala y las diez personas hablan, por ejemplo, holandés y tres de ellas hablan, además, sueco, es una falta de respeto hacia el resto que empiecen una conversación en sueco. El resto no lo entienden, de manera que es como cuchichear o hablar al oído. Si el idioma es un medio de comunicación entre personas, ¿por qué no usar el medio que mejor permite comunicarse?. Hay personas que no entienden por qué se enfadó Garitano. Y éste es un post que intenta explicarlo.

Un idioma es mucho más que un sistema de comunicación entre personas. Es una laboriosa construcción cultural, que recoge una forma de entender el mundo que es el resultado de un proceso histórico lento, colectivo. Creado en la esquina de una plaza, en el camino en el mercado, en el calor de la hoguera, en un adiós para siempre. Empecemos por eso: Un idioma es un artefacto cultural, como una muralla, como una catedral, como el casco antiguo de la ciudad. Las callejuelas de los arrabales son incómodas, intransitables, a veces oscuras y los adoquines no son amables con las ruedas de los coches. Podríamos, sí, derribar el barrio viejo y construir avenidas amplias y luminosas, como propuso Le Courbusier en París. Porque al final, las ciudades son solo eso, lugares donde vivir. O tal vez las ciudades son algo más, son depósitos de memorias, que debemos ceder a los que vendrán. Tal vez las lenguas son algo más que una forma de transmitir un mensaje frío; tal vez, las lenguas son depósitos de memorias. Y el euskera es una de las pocas lenguas europeas que no procede del tronco indoeuropeo, un precioso fósil viviente. Un dodo superviviente. 

Volvamos a la rueda de prensa. Hay un periodista vasco que pregunta en euskera a un entrenador vasco sobre el partido de un equipo vasco, para publicarlo en un periódico vasco. Es verdad. La mayor parte de los periodistas no entienden nada y se sienten como si hubiera un cuchicheo, una conversación al oído entre unos pocos. Porque para ellos, el idioma solo es una forma de comunicarse. Y si todo el mundo entiende el español, ¿por qué no hablar solo en español?. Pero si los idiomas fuesen también artefactos culturales, entonces el uso de un idioma no sería visto como una ofensa, sino como una interpretación, una performance, un gesto que ayuda a la pervivencia de un patrimonio colectivo. El euskera no es tan solo el idioma de algunos vascos. Es un patrimonio inmaterial de la humanidad, una pieza cultural del mosaico europeo. Cada vez que se habla euskera, se interpreta un fragmento de sinfonía, se restaura un pedazo de muralla, se recita un verso de tradición oral. 

No siempre unos pocos deben hacer lo que hace la mayoría. Si todos nos comportásemos siempre como se comporta la mayoría, perderíamos el valor de la diversidad. Cuanta mayor sea la diversidad cultural de una ciudad, de un país, de un continente, más recursos tendrá para crear nuevas versiones, para adaptarse a los cambios, para imaginar nuevas utopías. De la misma forma que la biodiversidad es un antídoto contra las adversidades futuras, la sociodiversidad nos permite ser más flexibles, disponer de más herramientas, más formas de entender el mundo. Si no permitimos que se hable una lengua que no entendemos, y exigimos que nos hablen en aquella que sí comprendemos, estamos arrinconando una cosmología, la estamos encerrando. Y en cierta manera, la estamos despreciando.

Somos lo que nos ha precedido, los que pusieron el nombre a la rosa, los que se inventaron los adjetivos que escribimos en nuestro primer poema de amor, los que imaginaron el verbo que recogía el dolor en la muerte del padre, los que nominaron la melancolía. Si silenciamos el euskera del entrenador del Eibar, silenciamos su pasado, su identidad y su memoria. Por eso se enfadó Garitano.

19 d’abril 2015

León come gamba



Sé que el estilo Risto Mejide ha creado escuela. Te sientas en tu silla, con tu suficiencia y tus gafas oscuras, y ejerces de juez y verdugo, de fiscal y abogado. Seis frases ensayadas. Una ceja arqueada. Y una sonora bofetada, vejatoria claro, al infeliz que soñó con ser cantante. Es el modelo Chicote. El cocinero que entra en el restaurante maldito y llena el local de post-its de desprecio. Y es el episodio 'León come gamba', en el que un aspirante a cocinero sin talento se llevó un saco de improperios gratuitos. Siempre me pregunté por qué en Master Chef han adoptado esa especie de estética militar, la del teniente gritando al recluta patoso. Del 'señor, sí, señor' al 'sí, chef'.

Llevo muchos años como profesor. Y eso quiere decir que he tenido que juzgar miles de exámenes y otros tantos trabajos. Ensayos, propuestas, artículos, diseños,... Algunas piezas brillantes que me han quitado el hipo. Muchos documentos convencionales, sin alma, sin luz. Y una montaña de escritos deplorables. Recuerdo alguno que casi me hace llorar. Y uno en el que pensé que no era posible hacerlo peor, que había alcanzado el cero absoluto, el kelvin académico. Y sí, puedo seguir el llibro de estilo de Masterchef, subirme a un pedestal de dos metros e insultar con prepotencia al estudiante inútil. Pero no lo voy a hacer.

Con los años he descubierto que todos tenemos talentos. Sí, hay virtuosos y genios, pero la mayoría de los mortales somos malos en muchas cosas y razonablemente buenos en otras. El oficio del profesor (y el de cualquier evaluador) debería ser potenciar aquello en lo que destacamos, más que poner el dedo en el ojo de lo que hacemos peor. Enseñar las sombras no tiene mérito; no requiere ninguna habilidad especial. Pero descubrir la luz interior que nos ilumina es mucho más complicado. Hemos creado un sistema obsesionado por repetir a la gente sus errores y sus limitaciones, en vez de valorar sus aptitudes.

No es solo eso. Las personas necesitamos sentir que alguien confía en nosotros. Este estúpido concurso de competición y violencia que llamamos sociedad se esfuerza por hacer sentir a todo el mundo como un gusano. Y si mucha gente te llama gusano cada día, tienes tendencia a pensar que lo eres. Yo he constatado en mi trabajo la capacidad transformadora de una palabra de apoyo, de unas dosis (sinceras, reales, no impostadas) de confianza. No es autoayuda facilona ni una frase coelhista. Es un principio nuclear de nuestra propia condición de humanos: La crítica nos destruye y la confianza nos refuerza, de manera que usemos de forma muy responsables la una y la otra.

Decirle a alguien lo malo que es no tiene mérito. Ayudarle a ser mejor, aunque solo sea un poco mejor, aunque al final sea infinitésimanente mejor, es un oficio. Evaluar es solo el primer paso para mejorar: Luego viene enseñar a hacerlo mejor, y eso solo lo consiguen quienes realmente tienen talento. Hay gente que es capaz de enseñarte a bailar, aunque te muevas como un pulpo con convulsiones; o que logra que hables un idioma, aunque en el primer mes no sabías pronunciar ni el nombre de la profesora. Si alguien sabe cero, consigue que llegue a uno. Ése es tu oficio. Gritarle con un altavoz que es un cero solo sirve para alimentar tu ego (si tu ego es retorcido) y destrozar el tuyo.

Ahora que cotiza a la alza en la bolsa del postureo la crítica descarnada, dejadme reivindicar el otro modelo. Escuchar. Comprender. Abrir. Iluminar. Acompañar. Reforzar. Quitarse las gafas, bajar de la tarima, sonreir y volver a empezar. León come gamba.