16 de juliol 2015

El drama griego

Como niños que juegan con la pelota y rompen un cristal, el modelo social se apresta a encontrar un culpable: ¿Quién fue?. Esta culpa-habilidad, la habilidad por encontrar un culpable para cada problema es una triste herencia del calvinismo. Las crisis nos fuerzan a encontrar responsables y, aquí interviene Calvino, a considerar que los males son el resultado de los errores. Si se quedó sin trabajo, no estuvo a la altura del mercado. Si le expulsan de su casa, no gestionó bien su pasado. Si vive en la calle, se equivocó en sus decisiones. El calvinismo identifica consecuencias con causas, de manera que los que tienen problemas no son las víctimas de nada, sino los incompetentes gestores de su pasado, que les ha llevado a este presente. También los griegos: Si están en un hoyo, ellos lo cavaron. Hay una competición internacional por señalar con el dedo a los griegos por su incompetencia. De manera que la pobreza que asola el país no es un mal, sino un castigo. 

La crisis 

Vivimos en una crisis global y, como todas las crisis globales, tiene responsabilidades globales. Que no es lo mismo que no tiene responsables. De forma creciente, asumimos que la regulación no era más que un freno para el progreso. Y deshicimos los controles financieros, facilitamos la distancia creciente entre valor y precio, liberalizamos el suelo, obviamos cualquier compensación por las externalidades negativas y miramos para otro lado ante estrategias descaradamente oligopólicas. Creamos un modelo de creación de riqueza piramidal, basado en sobrevarorarlo todo: las punto com, el suelo, la vivienda, los aeropuertos, las urbanizaciones, las fusiones de empresas, las fusiones de fusiones… 

Los gobiernos desactivaron los mecanismos de control. Las empresas se aprovecharon de plusvalías desconectadas de cualquier conexión con la realidad. Los particulares pidieron créditos basados en activos que estaban descaradamente sobrevalorados. Los bancos prestaron sin tener en cuenta el más elemental principio de análisis de riesgo, llegando a imponer préstamos a mano armada. Los bancos centrales avalaron los préstamos y fomentaron préstamos basados en préstamos. Y paquetes de préstamos basados en paquetes de préstamos. Las universidades crearon complejas teorías que avalaban conceptualmente lo que no era más que un sistema piramidal. una especie de Herbalife a escala planetaria. En 1997, Scholes y Merton ganan el premio Nobel por sus juegos de trileros que usaban los brókers para disfrazar de complejidad postmoderna lo que no era más que un imprudente castillo de naipes. ¿Y qué decir las empresas de evaluación de riesgos, financiadas directa o indirectamente por las empresas financieras, con la bendición los propios gobiernos?. 

La crisis es el resultado directo de la ausencia de mecanismos de control y la hegemonía de una ideología neoliberal, que desactivó uno por uno los sistemas que garantizaban el control. Un sistema que, favorecido por una economía mundo, no encontraba gobiernos competentes que reconectasen economía financiera y economía productiva o, si lo prefieren, informes con realidad, riesgos nominales con riesgos reales. Mientras tanto, esta ideología forzó la desregulación del mercado de trabajo, aplaudió la privatización de los servicios públicos, criticó los mecanismos de redistribución de la riqueza (territorial, social) y atemorizó a los gestores públicos, que empezaron a considerar los servicios públicos como un factor de pérdida de competividad. Aceptamos que menos peso de lo público es más capacidad de crecimiento e ignoramos los efectos indirectos de la reducción de becas, la eliminación de centros de educación o la progresiva privatización de los servicios sanitarios.

Aunque esta inmensa locura colectiva es una responsabilidad de todos, hay que hacer notar que los efectos de la riqueza imaginaria son muy desiguales. Curiosamente, en un momento en el que la economía vive subida en un Dragón Khan en el que todo parece posible, las diferencias entre ricos y pobres no hacen más que crecer. En 1980, cada 100 dólares de crecimiento en el mundo, suponía en el 20% más pobre un crecimiento de 2,20 dólares. En 2001, cada nuevos 100 dólares representaban en este colectivo 60 centavos. Unos pueden permitirse unas vacaciones en Marina d’Or, porque han pedido un crédito hipotecario que les ha ofrecido más de lo que precisan para costear la casa y utilizan el excedente en migajas de clase media. Pero muchos otros obtienen beneficios tan estratosféricos que no hay exceso que pueda engullir todo lo acumulado. 

La crisis de Grecia 

Todo esto sucede mientras construímos la Unión Europea. Un acuerdo que elimina la mayor parte de controles nacionales y permite flujos de capital sin fronteras, y una especie de ecosistema perfecto para multiplicar la receta neoliberal. Los países más adinerados encuentran un nuevo mercado, que les permite sobreproducir. En una versión europea del plan Marshall, las empresas financieras del norte expenden generosos créditos al sur, con los que los habitantes del sur pueden comprar los productos del norte. El sistema piramidal de burbujas inmobiliarias, créditos imprudentes, falsas valoraciones, maquillajes financieros y movimientos de capital totalmente desvinculados de cualquier conexión con la realidad halló en Europa su medio perfecto. 

La crisis en Europa es mucho más que una crisis económica: es la crisis política que genera la desactivación de los mecanismos del estado sin que exista un nuevo sistema que lo sustituya. La crisis ha golpeado con mucha más fuerza a las partes más débiles del sistema. Y Grecia es una de las piezas más frágiles del proyecto europeo. Podríamos pensar que el drama griego no es más que la versión local de los errores colectivos. Que la crisis global es el resultado de errores globales y requieren, por tanto, soluciones globales. Pero en este momento se activa el principio calvinista, que identifica problema con culpables. Y se activa el argumento: “Los griegos han estirado más el brazo que la manga”. Si Grecia se hunde es por la incompetencia de Grecia. Son los griegos los únicos responsables del desastre y son ellos los únicos que pueden resolverlo, después de un dura purga, una penitecia por sus pecados. De manera que la respuesta del sistema al problema de Grecia es que las políticas neoliberales (ésas que nos han llevado hasta este agujero) se expandan en el país como canguros por la estepa australiana. 

No hay tertulia ni discusión en internet en la que no aparezca la expresión “por encima de sus posibilidades”. Deberíamos reconocer que desde la aparición de la acumulación de excedentes, las decisiones que tomamos están basadas en supuestos. Si yo tengo una hectárea de tierra y solicito a trabajadores que me ayuden, estoy pagando un jornal sobre la expectativa de cosecha. Y si la cosecha se arruina por un incendio y no tengo seguro, porque pongamos que estamos en el siglo IV y no hay seguros, mi proyección se viene al traste. Y cuando una empresa pide un crédito para financiar una nueva línea de negocio, espera obtener los ingresos que permita devolver el crédito y ganar un beneficio. Pero tal vez la competencia, una ley, un cambio de hábito o un error de cálculo, hagan que no existan beneficios y que la empresa entre en quiebra. Quiero decir que constantemente estamos estirando brazos y mangas. 

Todos tomamos decisiones económicas constantemente. Y estas decisiones (comprar, invertir, ahorrar, prestar, contratar, trabajar) se basan en un contexto. Existe un contexto institucional, que es el que simplifica la información, avala los datos y supervisa los procesos. Los gobiernos, las instituciones, las empresas, los organismos de control, los medios de comunicación, crean un contexto que sirve de orientación para la toma de decisiones. Y en los dos decenios anteriores a la crisis, todos los actores del contexto casi sin excepción no solo avalaron sino que alentaron las decisiones individuales y colectivas que se tomaron en Grecia. Vivíamos en un discurso global, cimentado en recetas neoliberales, que daban lugar a millones de decisiones equivocadas en todos los lugares. Cuando el señor Yanis de Atenas pide un crédito en 2001, toma una decisión basada en la proyección futura del contexto actual; y como el señor Yanis no tiene un Máster en Harvard, se fía de lo que dice su gobierno, lo que dice su banco (alemán para más señas), lo que dice la Unión Europea, lo que dicen los medios, lo que dicen los organismos de control. Le dicen, casi le invitan, que suscriba el crédito. 

La batalla de las ideas 

El desenlace griego es una derivada territorial del error colectivo. Deberíamos esperar, en primer lugar, un mea culpa colectivo y especialmente de los grandes adalides del neoliberalismo. Las huestes post-tatcherianas deberían haber pedido perdón públicamente y se deberían haber retirado como anacoretas a una isla atlántica. Deberíamos esperar, en segundo lugar, una respuesta colectiva, que amortigüe los efectos de las crisis en las capas sociales y los territorios más frágiles. Sin embargo, en un insólito giro argumental, se activa el mecanismo calvinista que señala a los damnificados como culpables. Eso es válido para un sin techo, para un pensionista al que le usurpan sus ahorros, o para un pais entero como en el caso de Grecia. Cae Grecia y cuando el presidente socialista acude a Europa para pedir ayuda recibe el famoso triple no de Merckel. Y un problema global requiere una solución local. 

A partir de 2010, Grecia pasa a ser un país intervenido. Y someten al país a un paquete de medidas neoliberales, que lo único que consiguen es multiplicar la deuda y ampliar el error. Y todo lo que ha pasado en Grecia en los últimos cinco años ha sido recetar a un enfermo una medicina que ya sabemos que no solo no cura, sino que lo empeora todo. Y en el terrible pulso entre Syriza y la troika, aunque están sobre la mesa decenas de informes que confiesan que la austeridad neoliberal solo va a crear más crisis, el resultado es más austeridad. 

Vamos a distanciarnos un poco, para ir acabando. A vuelo de dron. El mundo se ha metido en un atolladero por la destrucción de los mecanismos de control, por la acción coordinada de muchos agentes para imponer un modelo equivocado. A partir de 2008, todas las contradicciones del modelo estallan de forma violenta y pulverizan todas nuestras certezas. Los efectos secundarios de la crisis son terribles en todo el mundo, pero especialmente en las regiones más pobres y en los estratos más pobres. Y en este momento, la culpa-habilidad calvinista convierte a las víctimas en culpables. Se activa una batalla que no es económica, ni social, ni siquiera política: Es ideológica. El neoliberalismo se esfuerza por trasladar la responsabilidad de los cristales rotos solo en unos pocos “que han vivido por encima de sus posibilidades”. Es Yanis, quien pidió un crédito en 2001 para comprar una casa el que estiró el brazo más que la manga, no el bróker de Nueva York con palacete en la Toscana y jet propio. 

Y aquí estamos. Toda Europa mirando a los griegos como irresponables que se jugaron su salario en el bingo, como Dionis que malgastan en drogas, sexo y alcohol. Y aplaudimos la severidad del castigo y avalamos, una vez más, la visión neoliberal del mundo. No se me ocurre más triste epílogo de este drama griego: Los que nos han llevado hasta aquí son los mismos que nos riñen y nos imponen las medidas de respuesta. Todo ello hasta la nueva crisis en la que espero que, por fin, abramos los ojos y señalemos con el dedo a los principales responsables del desastre. Mientras tanto, dos generaciones enteras de un país histórico se habrán perdido por nuestra estúpida miopía.

04 de juliol 2015

Hoteles, límites y efectos secundarios



Que haya una moratoria de licencias turísticas me parece lógico. Ocurre algo parecido con las licencias urbanísticas durante la elaboración de un plan de ordenación urbana: La ley se quedaría en papel mojado si los afectados se anticipasen a los efectos restrictivos de la nueva norma, de manera que antes de empezar el plan se suspenden las licencias. Es razonable que durante la elaboración de un plan estratégico que se propone restringir el número de plazas, se suspendan las licencias para evitar un alud de nuevas solicitudes. 

Por lo tanto, propongo dejar de mirar el dedo y hablar de lo relevante, que es el plan estratégico. Y me gustaría compartir las dudas sobre el principio que activa el plan: los límites de la oferta turística. El plan abre la hipótesis de una derogación de las licencias turísticas, no temporal sino permanente. Veamos los posibles efectos secundarios de este planteamiento.

Capacidad de carga

No hay manual de gestión turística que no plantee la necesidad de fijar la capacidad de carga de un monumento, de un espacio público o de un área natural y no seré quien niegue, por ejemplo, el acierto del modelo de la Alhambra o de las Medes. Siempre existe un problema clave, que es el criterio que fija el umbral. ¿Cuánto es demasiado?. Pero en las ciudades (y mucho más las ciudades metropolitanas) sobreviene un problema mucho mayor: Una vez fijado el umbral, ¿cómo lo mantenemos?. ¿Cómo evitamos que entren?. La ciudad moderna se creó bajo el principio "Abajo las murallas" y no hay forma de impedir que las personas transiten por el espacio público. 

Como no se pueden levantar de nuevo las murallas, el plan B es recurrir a la oferta. Si limitamos el crecimiento de las plazas de alojamiento, limitaremos el crecimiento del número de turistas. Y de forma intuitiva podemos estar tentados de pensar que no hay mejor antídoto. Pero las ciudades son sistemas complejos formados por mecanismos en el que una acción genera varias reacciones, no todas ellas deseables. 

Menos turistas

Quiero centrar el debate en los efectos de la limitación de la oferta, pero no puedo evitar hacer una observación sobre el principio del crecimiento cero del número de turistas. Como he explicado en otras ocasiones, es turista la persona que viene a Barcelona durante tres días a operarse la cadera. Es turista el seguidor del Celtic que anima a su equipo en el Camp Nou. Lo es el productor de miel de Eslovenia que acude a una feria internacional de alimentación. O el programador de software que está instalando una nueva aplicación en una filial catalana de la multinacional donde trabaja. Lo es el nieto que vive en Australia y que viene a la ciudad para reencontrarse en Navidad con la familia. Es turista el croata que acude a su primer Sónar. Y el que se apunta a un curso de verano de la UPC sobre smart cities. O la familia de Amposta que acude a una concentración independentista y que decide hacer noche en un apartamento.

Cuando una ciudad declara que no quiere crecer más en turismo está diciendo que ninguno de estos colectivos puede crecer si no decrece otro. Si crecen las ferias y los congresos internacionales y hemos convenido que no queremos más turistas, tenemos que reducir otro contingente. Y si ya es difícil reducir el número de turistas, ¿se imaginan lo que sería fijar umbrales por categorías?. Las ciudades atractivas atrean gente. Los llamamos turistas, pero los podríamos denominar ciudadanos móviles. Y decir que no quieres crecer más es una forma de negar tu capacidad de atracción.

Excursionistas

Hablamos de turistas, que son los visitantes que pernoctan. Pero existe un contingente mucho mayor, que es el de los excursionistas, los visitantes que no duermen en la ciudad y que, por lo tanto, no usan sus hoteles. Un excursionista es un inglés que se instala una semana en Begur y que decide pasar un día de sus vacaciones en Barcelona; o una pareja de jubilados de Vic que comen en un restaurante de Gràcia y disfrutan de una obra de teatro en el TNC. Una estimación realizada hace unos años calculaba que hay un excursionista en Barcelona por cada turista. Pero estaba basada solo en visitantes extranjeros por motivos de ocio. A partir de datos diversos (que pongo a disposición de quien le interese) he estimado que la proporción de excursionistas respecto a turistas es de entre 3 y 4 a 1. 

Fijar un límite a los hoteles podría fijar un límite a los turistas. Pero no es posible evitar que crezca el número de excursionistas. Y si la ciudad mantiene su capacidad de atracción, el peso relativo de los turistas decrecerá. De hecho, ésta es una situación muy común en algunas ciudades monumentales españolas, colmatadas de visitantes durante el día y vacías durante la noche. Y aunque es cierto que la restauración, el ocio o el comercio se ven beneficiados, la ausencia de beneficios relacionados con el alojamiento plantea una relación coste - beneficio muy frágil. No hay duda: Las ciudades en las que el peso relativo de los turistas respecto al total de visitantes es mayor son las que consiguen un mejor modelo de gestión.

Efecto Lido

El punto anterior abre las puertas del verdadero caballo de Troya de la propuesta. Si Barcelona limita su umbral turístico, el efecto más previsible es que los municipios limítrofes van a absorver la presión de la nueva oferta. Si en Barcelona no es posible crear nuevas plazas hoteleras, se crearán en L'Hospitalet de Llobregat, en Badalona, en Sant Adrià del Besòs o en Sitges. Si la movilidad de los residentes sigue criterios metropolitanos, ¿qué nos hace pensar que los turistas no adoptarán también esta escala?. Ése fue el efecto secundario de la limitación de plazas hoteleras en Venecia: La creación de un espacio turístico fuera de la Laguna (el Lido), a donde acuden los turistas a dormir cuando acaban su jornada en la ciudad de los canales, como explica muy bien el profesor Paolo Russo.

Es bastante probable que un crecimiento cero de la oferta turística de Barcelona genere un efecto Lido, es decir que genere un desequilibrio aún mayor entre excursionistas y turistas. La lección que debemos aprender es que no es posible una estrategia turística sin una coordinación con las escalas superiores. En un país donde es más rápido ir de Girona a Barcelona que del Passeig de Gràcia a Colón, la escala de las decisiones no puede ser solo local.

Menos calidad, precios más altos

Imaginemos que la potencia de Barcelona es tal que el efecto Lido es casi imperceptible. Lo más probable que es la contención de la oferta en un contexto de demanda creciente sea un acicate demasiado atractivo para la oferta paralegal (alegal, ilegal, protolegal o el prefijo que deseen). De hecho, ése es el efecto que tuvo el Plan de Usos de Ciutat Vella: La mitad de los apartamentos que se ofrecen en Airbnb se sitúan en este Distrito. De todas formas, es verdad que esta presión se puede mitigar con una correcta gestión, un sistema de control eficiente y una actuación constante. Más o menos.

Por lo tanto, podemos imaginar un escenario en el que el número de nuevas plazas será casi cero en un contexto bastante probable de incremento de la demanda, sin que existan válvulas de escape como ortos municipios o la oferta paralegal. ¿Qué efectos tendría?. El primer efecto es de manual de primero de economía: Crecimiento de la demanda, oferta estancada, igual a incremento de precios. Las tasas de ocupación se incrementarían y en períodos de sobredemanda los precios de las habitaciones se dispararían. El segundo efecto sería el progresivo deterioro de la calidad. Si tengo una demanda garantizada haga lo haga, no me voy a esforzar demasiado en mejorar mi desayuno, en renovar el mobiliario o en incrementar la ratio de trabajadores por habitación. Es verdad: Las cadenas mantendrían estándares de calidad bastante universales, pero el resto tendrían pocos estímulos para ser mejores. En otras palabras, si frenamos la oferta y crece la demanda, seremos más caros y de peor calidad.

Una de las ventajas de la competencia es que obliga a mejorar las características de los productos y servicios y ser muy sensibles a los cambios de la demanda. Sin competencia, no hay incentivo. Y en el universo de tripadvisor o twitter, es fácil intuir los efectos a medio y largo plazo de una oferta cara y de poca calidad.


Un turismo mutante

Un penúltimo problema es la capacidad de adaptación del modelo a los cambios de la demanda. Si el plan fija umbrales máximos por categorías, podemos crear un desajuste si algunas categorías se comportan de forma muy diferente a las otras. Tomemos el ejemplo de los apartamentos. Aunque dejemos a un lado Airbnb, no hace falta ser un gurú del turismo para intuir que la demanda de apartamentos y residencias no hará más que crecer. Las ciudades atractivas (y Barcelona es una de las grandes ciudades atractivas del Planeta) capturan una demanda creciente de visitantes que quieren vivir algo así como la experiencia de ser más ciudadano que turista. Ellos no saben que por más que se esfuercen son y serán turistas, pero prefieren sentirse ciudadanos a tiempo parcial. Por eso, van a demandar las formas de alojamiento que más se asemejen a su ideal de viaje. La paradoja es que probablemente donde más crezca la demanda de hoteles es en las tipologías que menos relacionamos con el turista convencional (negocios, salud, MICE,...). 

Si fijamos un umbral para apartamentos y otro para hoteles y la demanda de los primeros se multiplica mientras que la segunda crece mucho menos, vamos a crear un sistema de oferta desencajado con los cambios de la demanda. Y éste es uno de los grandes dramas del plan: Nace en un contexto en el que está cambiando casi todo en el turismo. Un plan excesivamente reglamentista puede dificultar la reacción a los cambios.


La (nueva) geografía de la oferta

He explicado en otras ocasiones que creo que el gran problema del turismo de Barcelona es su extrema concentración en unas áreas geográficas muy reducidas. Y que probablemente el gran reto del turismo que viene sea una nueva distribución más equilibrada, aunque eso suponga luchar contra uno de las tendencias más universales de las dinámicas turísticas: la concentración. El plan debería permitir desplazamientos progresivos hacia nuevos espacios, siempre con la complicidad de los residentes. Y no será fácil: Los nimbys turísticos nacerán como setas. Paciencia, mediación y mucho diálogo. 

Que una parte de la nueva oferta se desplace hacia nuevas áreas no garantiza que los turistas se limiten a dormir en espacios periféricos y luego acudan a las zonas de mayor concentración. Se precisa de una política turística que sitúe a los espacios y no a los nodos (a los barrios y no a los monumentos) en el centro de la estrategia turística de la ciudad. Es lento. Complicado. Y nada garantiza los resultados. 

Tenemos un plan

Barcelona necesita un plan. Un plan que evite un proceso inercial, en el que los problemas se acumulen. Pero algunas de las propuestas que se han anticipado pueden crear más efectos secundarios de los que intentan corregir. ¿Cómo debería ser el plan?. Complejo, sin duda. Flexible, que anticipe las mutaciones futuras más que los problemas del pasado, que supere la escala local, que genere consensos mínimos, que refuerce la estrategia centrípeta del modelo turístico y que conecte con el modelo futuro de ciudad. Y que evalúe los efectos indirectos de las medidas que proponga. Que no es poca cosa.