30 de juny 2017

No eres padre hasta que no estás en el whatsapp del AMPA de la escuela


Hay frases que los padres de hijos adoptados tememos. La primera es 'Qué suerte ha tenido'. No, los hijos adoptados no tienen más suerte ni menos que los hijos no adoptados. Es la misma fortuna que tiene un niño que viene a este mundo en esa familia con cinco apellidos que le garantiza un futuro de por vida y una villa en Ciutadella. Nacer en Uganda o en Viena es una lotería y la mejor definición de un mundo mejor sería esa: Que el nacimiento no condicione tu existencia. La segunda es 'Qué bueno eres'. Ser padre no es un gesto altruista ni una oenegé. Yo tiendo a pensar que el afortunado soy yo. En todo caso, estoy seguro que no pensarían lo mismo si me hubieran visto el día que puse al niño en el coche y le dejé la llave para ir a mi asiento, justo en el momento en que el niño cerró el coche por dentro. Y luego viene la peor de todas: 'Pues no lo parece'. Se llama Francesco, es moreno, muy pequeño y extraordinariamente ágil. No hace falta ser Poirot para constatar al instante que no nos parecemos en nada; excepto en que nos encantan los vídeos de caídas fortuitas. Ese 'no lo parece' es una especie de indulgencia, como cuando a un cojo le dicen 'pues no se nota'. Se nota, se nota. Ser adoptado no es ni estigma ni una condición que hay que ocultar para que no se note. 

Ya ni comento aquello de 'Se les quiere igual, ¿verdad?'. Que te vienen ganas de responder: 'Pues no exactamente. En realidad a los hijos adoptados se les quiere solo de lunes a miércoles y en los días festivos, pero los jueves, la verdad es que no, no se les quiere nada de nada'. ¿Cuál sería la mejor frase con la que hacer referencia a un hijo adoptado?. Pues exactamente la misma que dirías de uno no adoptado: Qué preciosidad, se le ve muy despierto, no lo he visto hace dos meses y casi no lo reconozco, este antes de que te des cuenta te está pidiendo la moto, antes le compro un traje que le invito a comer, la pena es que crecen muy deprisa... Son las típicas frases a un euro, conversaciones de ascensor, que funcionan porque evitan ser sincero. Porque en realidad esa es la diferencia entre un hijo adoptado y uno no adoptado: Ninguna. 

La paternidad no tiene nada que ver con la biología ni con la genética. La paternidad es como la mili. Te pasas el día cambiando pañales, preparando biberones, soportando berrinches, contando cuentos y saltándote cenas de amigos y cuando pasa todo, te dedicas el tiempo a explicar batallitas de lo maravilloso que ha sido ser padre. Un padre es una persona que le enseña a su hijo a ser una persona. Le exige, le abraza, le riñe, le acaricia, le da ejemplo, le alecciona, le lleva al chiquiparque, le compra una bicicleta y un día le ayuda a montar los muebles de Ikea de su nuevo piso. Ser padre es evitar morirse de risa cuando ha llenado de espuma de afeitar todo el salón o consolar a tu hijo portero el día que le han clavado 12 goles. En resumen: Ser padre es un acto cultural, si quieren social o antropológico, pero no biológico.

Este largo preámbulo tiene que ver con el debate sobre la maternidad subrogada. Yo escucho a los unos y a los otros, a los del sí y a los del no, y aunque se presentan como antagónicos, tienen en común esa visión biológica de la maternidad y de la paternidad. Empiezo por los defensores. Hablamos de una pareja que por la circunstancia que sea no pueden tener hijos. Y en vez adoptar un hijo y malcriarlo, llevarlo a Disneyland París y enseñarles a jugar a ajedrez deciden tener un hijo con su código genético. Y uno se pregunta qué nivel de autoestima tiene uno que tener para suponer que sus genes merecen ser perpetuados. No hay para tanto. Lo que hay que perpetuar es el sentido cívico, las obras de la Generación del 27, los Rollings y el amor al prójimo. Que los ojos sean verde oliva o que puede lamerse el codo es bastante accesorio. Yo no tendría ningún orgullo paterno si alguien me comentase que mi hijo mayor 'es clavadito a ti'; tendría más bien, un punto de compasión. Si me tengo que sentir orgulloso de él (que tampoco va de eso de la paternidad, déjenme decirlo), sería de su comportamiento, de sus convicciones o de su ética. No de su altura. 

Pero lo siento, tampoco me gustan los argumentos del no. De entrada, me van a perdonar, el embarazo está sobrevalorado. Si no nos decimos la verdad, luego todo llega por sorpresa: El embarazo es un coñazo. Sobre todo para ella, que se pasa nueve meses con las hormonas como un pachinko y los pies inflados como dos zeppelines. También para todos los que les rodean, porque las conversaciones se reducen a palabras con diminutivos (pataditas, barriguita, cabecita). Dedicar quince minutos (bien, de acuerdo, treinta) a poner la semillita no te confiere de repente la condición de papá. Pero soportar los nueve meses de náuseas, tampoco de mamá. El padre o la madre es el que sabe que le dan miedo los disfraces de bruja, que le entienden perfectamente cuando con dos años y medio emiten sonidos guturales, que conocen el nombre de la maestra en prácticas y que han asistido a una audición interminable con números musicales que podría utilizar el Mosad como instrumento de tortura. No eres padre hasta que no te dan de alta en el grupo de whats app del AMPA. Estar embarazada no quiere decir que seas madre, ni que vayas a serlo. Y considerar eso sí es tratar a una mujer como una vasija. 

Yo no votaría a favor de una ley de maternidad subrogada, porque está teñida de biologismo: "No privemos a una pareja de la posibilidad de ser padres", nos dicen. Si nadie les priva. Que adopten tantos niños como quieran. Esa necesidad de ser padre "biológico" es un anacronismo neanderthal. Ser padre es levantarse a las tres de la mañana a buscar a tu hijo adolescente de la fiesta del instituto. Que padre e hijo tengan una mancha en el omoplato es lo de menos, francamente. Pero no comparto el biologismo de los del no, que subliman el valor del embarazo. De hecho, tendríamos que empezar a desterrar del lenguaje el concepto de 'padre biológico' y de 'madre biológica'. Madre no hay más que una: La que cura el dolor más doloroso con solo un beso. Como la madre de David; o la madre de Francesco.