27 de setembre 2017

España no existe. Y Cataluña, tampoco.


Me hubiera gustado escribir un texto con el que todos estuvieran de acuerdo. El taxidermista de Cuenca y la viuda octogenaria de Cardona. Y escribirlo antes de la tormenta perfecta. Pero creo que voy a optar por el camino contrario: Voy a escribir un texto con el que nadie esté de acuerdo. Ni yo mismo, me parece.

Llevamos semanas hablando de España y de Cataluña. Y, me van a perdonar, España no existe. Sí, ya lo sé, existe un estado, unos límites, una geografía, el DNI, bla, bla, bla. Pero España no es un sujeto. No se puede hablar con España, ni se puede negociar con España, ni se puede uno ir de copas con España. Eso es una prosopopeya y funciona como figura retórica, pero en la vida real no tiene ningún sentido. 

Tampoco hay nada parecido a los españoles. Crecí en una familia numerosa (de las de antes, que ahora ya llamamos numerosa a cualquier cosa) y allí en medio aprendí muchas cosas, pero tal vez la más importante es que los seres humanos somos muy diferentes. Deliciosamente diferentes, diría. En mi familia, seis individuos que compartían el mismo código genético, que habían recibido la misma educación, habían ido a las mismas escuelas y además se pasaban el día interactuando entre sí éramos más dispares que los copos de nieve al microscopio. A donde quiero ir a parar es a este punto inicial: Somos extraordinariamente diferentes, complejos y cambiantes. Cada individuo es una sopa de bacterias andante llena de matices, singularidades y sueños. Imagínense más de 40 millones de individuos.

Los españoles no son de ninguna manera, ni piensan de ninguna manera. La taxista lesbiana del centro de Sevilla con ganas de retirarse e irse a vivir a su casita de Estepona no es el abuelo de Béjar que empieza a perder la memoria, pero ha decidido ocultárselo a sus hijos. Cada persona piensa de una forma personal e intrasnferible; y además, cambia de opinión si está enfadado porque la grúa se llevó su coche o exultante porque la hija menor encontró trabajo. Las personas dudan, sueñan y mutan cada hora por más que quieran mantener la ficción de unas ideas inamovibles. Somos un barco de papel a la deriva, pero nos gusta creer que manejamos el timón.

Tampoco existe Cataluña, así majestática. Ni los catalanes. Los catalanes no somos de ninguna manera, porque no hay ninguna frase por larga que la queramos hacer que nos resuma. No cabemos en ninguna sentencia. Tomas veinte catalanes al azar y te encuentras de todo, del payaso amateur que pasa sus tardes en el hospital infantil y llora en silencio cuando se despide de Arnau para siempre, al farmacéutico huraño que odia a todo el vecindario. No hay formar de contener tantas biografías, tantos sueños rotos, tantas despedidas en el tren en una frase ingeniosa. Somos, sospecho que como los uzbekos, como los tasmanos o como los porteños, escandalosamente diferentes. 

Por eso, no es posible amar a España ni odiar a Cataluña. Me cuesta sentir simpatía por ese jefe que nunca paga un salario justo y que cruza a diario la frontera del respeto, ya sabéis a quién me refiero. Y, en cambio, admiro profundamente al viejo profesor que está enseñando a leer y a escribir a los senegales del barrio. Sé que de tan obvio suena naíf, incluso demagógico. Pero por más que me esfuerce no puedo querer un país entero; ni odiar a su vecino. De hecho, cuando los sujetos anónimos cobran forma y nos acercamos a su biografía, a su vida cotidiana, a su miedo permanente, nos cuesta mucho más sentir desprecio. Ponga dos antagonistas en una cena larga, de asado y vino tinto, y sin poder evitarlo a las dos horas empezarán a construir puentes invisibles. 

Acabo. No tengo ninguna receta, ni tengo la más mínima idea de dónde acabaremos. Y por supuesto me voy a abstener de recomendarles nada. Pero puestos a pedir, déjenme pedir una cosa. Dejen de insultar a los catalanes, y no solo porque insultan si saberlo a mis hijos, a mis amigos, a mis compañeros, a mi familia, y a mi mismo, que también. Dejen de hacerlo porque es absurdo, simplista y un tanto xenófobo, reducir más de siete millones de almas a un idea concreta. Y si no es mucho pedir, dejen de insultar a los españoles, y no solo porque insultan sin saberlo a mis primos, a mis tíos, a la memoria de mi infancia, o a mis amigos, que también. Dejen de hacerlo porque ignoran la diversidad casi caleodoscópica de más de cuarenta millones de personas. 

Esto es un encontronazo brusco, infame, entre gobiernos. Una terrible colisión de legitimidades. Ni quiero ni puedo restar un ápice de dramatismo y de indignación por esta batalla mezquina. Y, es verdad, ya no cabe la equidistancia. Pero varados cada uno en su posición, quiero recordar que no es posible construir un país sobre la base del desprecio a los otros, y aún menos posible intentar mantener la cohesión de un país a partir del desprecio a los que desean partir. Sea cual sea el resultado, recuerden que al final España no existe. Y Cataluña, tampoco. 


*Ilustración de Elisa Munsó