Carta a un diputado extremeño

Dicen que somos los recuerdos de nuestra infancia. Si fuera cierto, yo soy el olor a menta y a tierra mojada de la dehesa, los nidos de cigüena que coronan los campanarios, las callejuelas que suben hasta la Catedral de Coria, las tardes bajo la Torre del Bujaco, los veranos de bicicleta y mercromina, de melocotón y libélulas en Valrío. Recuerdo también las lágrimas de mi padre. Cada año, cuando regresábamos a casa en aquel angosto 124, mi padre lloraba en silencio, un poco porque sentía que se despedía para siempre de sus padres y un poco porque se alejaba de su tierra, que tanto quería. Lloraba en silencio como llorábamos todos, en aquel viaje infinito de escay, de olor a tabaco y de casette a pilas. Aunque nací en Salamanca, soy uno de esos extremeños que cruzó la meseta y desembarcó en Cataluña. Uno de tantos.

Tengo una identidad mestiza. Soy la adición de varios orígenes y de los vaivenes de mi biografía. Y eso no tiene nada que ver con la lógica política. Yo seré extremeño y catalán (y salmantino) sea Cataluña una comunidad autónoma, un país independiente o una región de Invernalia. Las identidades son corrientes profundas, instaladas en el subsuelo, ajenas a las lluvias torrenciales o a las largas sequías de la superficie. Se puede estar en desacuerdo con una determinada vía política y mantener el respeto con las identidades profundas que las integran. De hecho, debe ser así. Por eso, en medio de la tormenta perfecta del procés, he intentado explicar de todas las formas posibles que las discrepancias políticas no deben cruzar la frontera del respeto identitario. 

Hoy leo abatido el acuerdo de la Asamblea de Extremadura, que usted, diputado ha tenido a bien votar. Hace tiempo que acumulo esa sensación. Recuerdo un día en Salamanca, mi tierra natal, a un señor mayor que solicitaba a gritos en una tienda un producto que no fuese catalán y he visto cómo el resto de los presentes se jactaba del chascarrillo. Recuerdo también un vídeo infausto que insultaba a los extremeños. Cada uno de esos escupitajos a un lado y al otro de la orilla los vivo como propios. Me duele el desprecio a los catalanes y me duele el desprecio a los españoles, no solo porque me duelen los desprecios gratuitos, sino también porque me agravian a mi y a los míos. Pero hoy es toda una Asamblea la que toma la palabra y nos escupe, sin que nadie en las calles de Trujillo o de Plasencia haya salido para quejarse.

Hay una tonelada de incompresión en el acuerdo extremeño, pero también un tufo catalanófobo escrito a pie de página. Empieza con la lengua, qué novedad.  En ese texto se reitera la incapacidad para entender que el catalán es un patrimonio intangible, una catedral de palabras, un parque natural de sonetos. Y que de la misma forma que a nadie se le ocurre hoy instalar un aeropuerto en un bosque milenario, a nadie sensato se le ocurriría ir contra una lengua. Pero aún menos se le pasaría por la cabeza decirle a los demás cómo tienen que hablar. ¿Se imagina usted, diputado, que en Cataluña se aprobase que los extremeños se abstuvieran de hacer los diminutivos en 'ino', o usar la hache aspirada, o que no pudieran decir ni bolindres, ni farraguas?.

Y luego viene lo del 155. Una comunidad autónoma, orgullosa de su identidad y de su autogobierno, pide que otra comunidad no tenga ni identidad ni autogobierno. En vez de promover leyes, aprobar decretos y velar por la gestión del gobierno extremeño ustedes han ocupado el Parlamento con un acuerdo que niega el pan y la sal a Cataluña.  Piden para el vecino lo que no admitirían en su patio. Lo peor no es la desvergüenza de lo que aprueban, ni tampoco el relato cuñadista de naciones milenarias. Lo peor de todo es que el acuerdo, lo sabemos todos, no tiene ningún valor, ningún efecto, es legalmente inútil. Y entonces, ¿por qué lo hacen?. Porque ustedes usan el desprecio a Cataluña como estrategia política. Ganan votos con escupitajos. 

Y aquí estamos, en un páramo frío y desolado, los que siempre seremos extremeños y siempre seremos catalanes. Desolados ante el desprecio, el odio atávico. Un menosprecio que los catalanes viven con una indiferencia cotidiana, como quien oye llover. ¿Pero y yo?. ¿Cómo cree, diputado, que vivo yo ese acuerdo?. ¿Qué cree que sienten los que un día cruzaron la meseta y se instalaron aquí y perciben este odio sistemático, esa incomprensión hueca, esa inquina?. ¿Por qué dinamitan una y otra vez los puentes del respeto mutuo?. ¿Por qué, diputado, nos deja sin argumentos a los que necesitamos una entente cordial (sea cual se la derivada política), porque el muro entre unos y otros es en realidad un tajo interno?. ¿Por qué hoy me siento de nuevo como en aquel 124 conteniendo las lágrimas en silencio?. 

Comentaris

Anònim ha dit…
No me fastidies paisano.
La asamblea de Extremadura no se puede posicionar sobre cuestiones no ordinarias y sin embargo no veo que escribas muchos artículos sobre que la asamblea o parlamento catalán puede llevar 6 años haciendo declaraciones políticas o no legales o ilegales sobre algo que también es de los extremeños, Cataluña!
Català ha dit…
Cataluña es de los extremeños? Muy bien chaval. Anda, vete a tu pueblo.
Anònim ha dit…
Soy catalana hija de extremeña y, gracias a comentarios y actitudes como las del parlamento extremeño, soy independentista.
Por dios!!! Por qué los políticos extremeños no usan sus energías en solucionar los problemas de Extremadura?
Porque mira que tienen unos cuantos!!!
Anònim ha dit…
Madre mia,como esta el pais,el paisaje y el paisanaje....“pa habernos matao“,vamos.

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