
Miedos
El peor de los miedos es el miedo real. En Bagdag, los niños temen salir a la calle. Temen que en un falso control, unos hombres vestidos de negro reconozcan su condición de suníes y los asesinen sin pestañear. En Palestina, los niños temen quedarse en casa. Temen que en uno de los bombardeos israelíes, una bomba abra de cuajo la habitación y los entierren en una montaña de cascotes. Como la niña de Crash, sus padres no pueden calmar los miedos con un abrazo o con un susurro.
El miedo no aparece en las estadísticas. Es invisible. Sólo queda su rastro, como en el reguero de orina que dejó uno de los niños asesinados en el norte de Iraq. No poder enmudecer el miedo de tu hijo. Ése es, quizás, el peor de los destinos.



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