Los falsos mitos del turismo. Capítulo 1, la gentrificación.




En el confuso debate sobre los impactos del turismo cabe casi todo. A un lado del ring, el turismo es como una vitamina sin efectos secundarios: Crea puestos de trabajo, compensa la balanza de pagos, sostiene la economía por el efecto multiplicador, abre las sociedades por el contacto con otras culturas y crea una Arcadia feliz donde todos comen perdiz. Al otro lado, el turismo maltrata a los trabajadores, desertiza los barrios, contamina las calles, barre la identidad local y crea una distopía que ríase usted de Huxley. Y en este combate de palabras, conviene ser preciso porque los diagnósticos equivocados casi siempre conducen a remedios equivocados, a veces homeopáticos a veces quirúrgicos.

Por eso es tan importante la precisión en las palabras. Porque las palabras tienen significados y los significados son los contenedores de las interpretaciones, de las estrategias y de las ideologías. No es un debate académico estéril. Es un antídoto contra el ruido. Así que abro una serie que no será corta sobre los falsos mitos del turismo. Y abrimos fuego con una de la constante en el debate turístico: La gentrificación. Spoiler: El turismo no es gentrificación.



Gentrificar

Debemos a Ruth Glass el origen del término. Glass era una socióloga de origen alemán que estudió, entre otras cosas, los procesos sociales y urbanos del Londres de los años 50 y 60. Se dio cuenta que algunos de los barrios tradicionales de la capital sufrían un intenso proceso de sustitución residencial, de manera que los residentes tradicionales (y este punto es capital, como veremos) se desplazaban hacia nuevas áreas urbanas por la presión de las profesiones liberales con niveles adquisitivos medio alto. Glass advierte del nacimiento de una nueva clase social que valora los espacios tradicionales del centro de la ciudad y desea integrarse en esa atmósfera, sin darse cuenta que al desplazar a los habitantes 'tradicionales' en realidad desintegra la estructura social que le da sentido y crea un nuevo barrio. La selección del término 'gentry' no es gratuita: Designa a la baja nobleza inglesa, de manera que Glass no solo quiere identificar la transformación urbana y económica, sino que también intenta describir el trasfondo social y cultural. El origen de la gentrificación es el deseo de una determinada capa social (si se me permite el anacronismo, los hipsters de los 50) de integrarse en los barrios tradicionales de las ciudades inglesas y vivir la experiencia del modo de vida de ese mismo barrio.

Poco a poco se ha ido estirando el campo semántico del término, pero en esencia la gentrificación (para ser considerada como tal) es el resultado de la sustitución de las rentas bajas de un espacio urbano por las rentas altas. Por ejemplo, los procesos de renovación de espacios industriales o portuarios en desuso por operaciones residenciales no comportan gentrificación, porque no hay un sustrato residencial previo. Tampoco la creación de nuevas periferias urbanas destinadas a rentas muy altas, muy característico del crecimiento urbano de Madrid por ejemplo, es gentrificación porque no hay sustitución de rentas. Glass se sentiría muy incómoda con el uso de este término para describir procesos sociales que nada tienen que ver con la concepción original. Hay un debate intenso sobre la validez del concepto para los espacios rurales o para las ciudades del Tercer Mundo. Y no pocos autores prefieren sustituir el concepto de gentrificación por nuevos términos como elitización, renovación urbana o embourgesoiment, que permiten sustraer al término su carga semántica inicial.

Residentes tradicionales

La gentrificación tiene una connotación que es muy relevante: Existen unos habitantes tradicionales, que forman parte de la estructura social y cultural del barrio, que al ser desplazados desnudan a este barrio de su vinculación histórica, de su identidad. Hay un tejido social que es el que da sentido a la comunidad, porque mantiene la conexión entre el presente y el pasado. Y es cierto que, aún hoy, en muchos procesos de desplazamiento, la clase social sustituida se corresponde con ese arquetipo. Pero en muchos otros casos, eso no es así. De hecho, en los centros urbanos de las ciudades españolas ya existió un precedente de gentrificación con la renovación de los centros históricos en los 80 y en los 90. Estas intervenciones públicas provocaron entonces la sustitución de las clases populares (en algunos casos, muy marginales) por nuevas clases medias y media alta, atraídas por la atmósfera tradicional de estos espacios. A menudo, esta concepción de los centros urbanos era una idealización porque los decenios de abandono habían acabado con la ocupación de este espacio por parte de las clases más marginales de la sociedad. Cercas describe muy bien en Las leyes de la frontera esa línea imaginaria que separa la marginación social de la otra ciudad.

En muchos casos, asistimos a procesos de ultra-gentrificación, que es el término que propone Atkinson. Ahora, las clases muy altas reemplazan no a los habitantes tradicionales de los espacios urbanos, sino a las clases medias que habían reemplazado a las clases populares o marginales. En otros casos, los procesos de gentrificación expulsan a los barrios de inmigrantes, que se habían instalado en espacios urbanos degradados. No son 'residentes tradicionales' en el sentido que le intentaba dar Glass, sino nuevas clases populares (inmigrantes) que habían desplazado a las clases populares locales. En los espacios metropolitanos, todos estos procesos pueden operar al mismo tiempo, de manera que los centros de las ciudades antes de la nueva oleada de gentrificación están ocupados por un collage de grupos sociales, antiguos inmigrantes, nuevos inmigrantes, residentes 'tradicionales', nuevos residentes, clases medias urbanas. Y, probablemente, la dinámica urbana más recomendable es esa alquimia inestable de agentes urbanos que conviven en un escenario de múltiples dinámicas: local - global, tradicional - innovador, nacional - internacional. 

Turismo

El turismo ha formado parte de las dinámicas urbanas de las grandes ciudades desde el siglo XIX. Ha sido un agente más de esta alquimia compleja en los espacios metropolitanos y ha estirado del eje internacional y global. Quiero decir que no es posible entender las ciudades europeas contemporáneas sin integrar en la ecuación sobre su identidad las dinámicas turísticas. Hay quien sostiene que cuando entra el turismo por la puerta la identidad de la ciudad sale por la ventana; en realidad, no es posible entender la identidad de París, de Londres, de Nueva York o de Roma sin el componente turístico. Pero de eso hablaremos en capítulos posteriores, no avancemos acontecimientos.

Vayamos al grano: El turismo no es gentrificación. Gentrificar es sustituir las rentas bajas de un barrio por rentas altas. Pero el turismo no sustituye unos residentes por otros residentes: Sustituye unos residentes por turistas, que por definición no son residentes. Y por más que la publicidad de Airbnb se esfuerza en convencer a los visitantes que pueden ser turistas locales, un turista no es un local. Por ejemplo, en Cartagena de Indias los residentes tradicionales han sido literalmente expulsados del bellísimo centro urbano, donde apenas quedan residentes. La mayor parte de los edificios de la ciudad delimitada por la vieja muralla tienen ahora un uso turístico. Este proceso no tiene nada que ver con la gentrificación, porque no hay sustitución de residentes sino refuncionalización del barrio viejo, que pierde su condición de espacio residencial y pasa a ser otra cosa. No, el turismo no gentrifica. El turismo turistifica. 

Nuevos conflictos urbanos

No se trata de un debate terminológico. Es muy importante entender que turistificación y gentrificación son dos procesos diferentes, que a menudo están en conflicto entre sí. Situémonos, por ejemplo, en uno de los epicentros de estas nuevas dinámicas urbanas: Viajemos al Raval. De entrada, el Raval es el resultado de la gentrificación propiciada por la intervención de Maragall en este barrio marginal. Las actuaciones urbanas de la Rambla del Raval, del MACBA, del CCCB, de la Universidad, propiciaron una sustitución parcial de una parte de los residentes 'tradicionales' por nuevas clases urbanas. Tampoco necesariamente esos residentes tradicionales marginales eran los herederos de una conexión histórica con la identidad del barrio; en muchos casos, eran desplazados sociales que habían sido empujados al lumpen urbano. En su momento, existió una crítica contra los procesos de sustitución y una cierta añoranza de la Barcelona canalla, que creo que los protagonistas del barrio no compartirían. En los años 90, el Raval es un mosaico inestable formado por algunos residentes tradicionales, por las clases marginales desplazadas al centro en los 70, por las nuevas clases medias atraídas por la renovación urbana de Maragall, importantes bolsas de inmigración y nuevas profesiones liberales, que son los promotores de una imagen post-bohemia según el feliz término de Russo y Quaglieri. Y en este fragmento urbano se han vertido toneladas de intervenciones públicas con resultados desiguales. 

A partir de los años 90, el Raval se ve sometido a la tensión de dos procesos simultáneos. Por un lado, la demanda creciente por parte de nuevas clases altas, a menudo de origen internacional, atraídas por la estética post-bohemia del barrio. Es lo que podríamos denominar ultra-gentrificación, porque no desplaza a los residentes tradicionales del barrio, sino que a menudo afecta a los nuevos agentes como los residentes de clases medias, los estudiantes, los inmigrantes o los restos de la sociedad más marginal que aún persisten en el barrio. Al mismo tiempo, la proliferación de apartamentos turísticos crea una nueva demanda que tiene aparentemente los mismos efectos: Desplazar a los diversos residentes del barrio, pero ahora no por nuevos residentes, sino por turistas. Gentrificación y turistificación son dos procesos que operan simultáneamente y que, a su vez, compiten entre sí. Es verdad que a veces pueden confundirse, pero son dos procesos muy diferentes y conviene separarlos. Porque mezclarlos conduce a un diagnóstico equivocado, y por tanto a un remedio ineficaz.

Situémonos en un edificio del corazón del Raval, en la calle Joaquim Costa por ejemplo. El propietario del edificio puede optar por tres escenarios: El primero es mantener la situación actual; el segundo es expulsar a los inquilinos actuales y sustituirlos por nuevos residentes de mayor poder adquisitivo (ultra-gentrificación); y el tercero es expulsar a los inquilinos actuales y sustituirlos por turistas (turistificación). Aunque el segundo y el tercer escenario tiene el mismo efecto (expulsar a los residentes actuales, no necesariamente tradicionales) responden a dos procesos diferentes y, en cierta manera, enfrentados entre sí. El uso turístico masivo expulsa al uso residencial de clases muy altas y a la inversa; y ambos expulsan al uso residencial de clases medias y bajas. Y nada es tan sencillo como parece: La especulación urbana, intentando maximizar la inversión inmobiliaria, ha dado lugar a edificios con valor de cambio, pero no de uso, edificios vacíos esperando un contexto de venta lo más favorable posible. Y ese lapso de tiempo ha dado lugar a la ocupación de pisos abandonados y a una progresiva degradación, que está alterando las dinámicas existentes. 

Es la movilidad, idiota

La tensión en las ciudades contemporáneas no es la batalla entre residentes y turistas. O no solo es eso. Es la tensión motivada por el incremento de atracción de las ciudades, por la extensión de sus hinterland. Como muchos nuevos agentes quieren ocupar la ciudad (estudiantes, post-bohemios, nuevos trabajadores, turistas que sueñan con ser locales por un día, congresistas,...) y la ciudad tiene serios problemas para incrementar su volumen, el resultado será un incremento exponencial del precio de la vivienda, especialmente en los espacios socialmente más valorados. Si nos equivocamos de diagnóstico y confundimos gentrificación con turistificación, entonces creeremos que el problema se soluciona con un freno turístico. Y eso solo afecta a una parte de la ecuación. Por eso, ni el Pla del Raval ni el PEUAT han servido para frenar el ascenso de precios de alquiler en Ciutat Vella.

Gentrificación y turistificación son dos dinámicas diferentes en el espacio urbano. Son dos derivadas de un proceso más general, que es el incremento de la movilidad en una sociedad hiper-nómada. El turismo no gentrifica. Es más, en la mayor parte de casos, el turismo es un agente que actúa contra las dinámicas de gentrificación, como saben muy bien en Nueva York, donde el turismo ha desplazado a las nuevas clases urbanas que a su vez habían desplazado a las clases populares de Soho o Tribeca. Repitan conmigo: El turismo no gentrifica. 

Comentaris