20 d’abril 2018

Entomología de los independentistas


Si le preguntan a diez politólogos cuál es su diagnóstico sobre la situación en Cataluña, al menos nueve (siempre hay un disidente, como el dentista que no recomendaba chicles sin azúcar) llegarán a la conclusión que Cataluña está partida en dos. Si eso fuera cierto, no habría solución posible. Cualquier escenario disgustaría a la mitad de la sociedad y no hay forma de construir un país contra la voluntad del 50% (o del 47%, que viene a ser lo mismo). Pero imaginemos que el país no está dividido en dos partes. Que la imagen que mejor define la realidad del país no es una naranja partida en dos, sino los mosaicos que tanto le gustaban a Antoni Gaudí. ¿Y si en realidad Cataluña fuese mucho más complicada que la simplificación de independentistas versus constitucionalistas, algo más que una versión moderna de montescos y capuletos?. Para intentar defender esta tesis, inicio aquí una serie de posts (lo que en twitter vendría ser un hilo) que presentan la hipótesis siguiente: La sociedad catalana está formada por grupos inestables de intereses diversos, que reaccionan de forma desigual a la evolución del ‘procés’. Y el futuro del país depende en parte de las alianzas internas y externas de cada grupo. 

Empezaremos esta serie con un intento de clusterización de los independentistas. Porque, ¿qué ocurriría si hay diversos tipos de independentistas, con orígenes, intereses, sentimientos y estrategias diferentes entre sí?. Vamos a ello. Estos son los cinco tipos de independentistas que usted se puede encontrar un día soleado de un once de septiembre cualquiera entre la calle Aragó y la calle Provença. 

El indepentista antiespañol 

Hay un tipo de independentista que ante todo, y por encima de todo, desprecia a España. No solo al gobierno de España, sino al concepto mismo de España y, por extensión, a los propios españoles. Es alguien que celebra las derrotas de España como victorias propias e inversamente, lee una victoria de España como un fracaso personal. Esta visión caricaturiza todo lo español, lo deforma y lo convierte en grotesco y repulsilvo. España es un país de gañanes, perezosos, de tricornios y monteras. 

Al otro lado del espejo, están los anticatalanes. Son personas que aborrecen todo lo catalán, que lo detestan. Cualquier objeto, personaje, símbolo o elemento cultural catalán es despreciado. Hay un odio visceral a lo catalán en una parte de España, de la misma manera que hay un desprecio profundo a lo español en una parte de Cataluña. Y aunque parecen antitéticos, ambos comparten la misma raíz, tan presente en todos los rincones del planeta, de repulsa al vecino. No es algo nuevo. Conviene leer la obra de García Cárcel para percatarse que esta rivalidad tiene unos antecedentes históricos tan lejanos que configuran un elemento estructural. 

Es así de simple. Una parte del independentismo es la forma local del desprecio al otro, esa reacción atávica que encontramos en todas las escalas, desde la rivalidad entre Villaarriba y Villaabajo al conflicto entre bloques geopolíticos. Y no hace falta ser sociólogo para advertir que a una persona que desprecia lo español, no que le es indiferente o que siente una estima débil (solo como amigos, pero sin derecho a roce), sino que lo aborrece, a una persona así cualquier escenario que no sea una ruptura le parecerá un escenario indeseable. 

El independentista ilustrado 

Al segundo grupo de independentistas les mueve sobre todo un aprecio por la cultura catalana. Son los que leen los clásicos, los que recitan a Carner, que puntean sardanas o que van a visitar la restauración de la Cartoixa d’Escaladei. Y, por encima de todo, que ven en la lengua el eje sobre el que gira todo el proyecto nacional. No es solo que recorran kilómetros para ver una versión en catalán del éxito del momento; es que asocian la lengua catalana a la cultura catalana, en el sentido herderiano del término. Según esta interpretación, hay una forma catalana de ver el mundo, hay un humor catalán, una ética catalana, una actitud catalana hacia la vida o hacia la muerte. 

Hay una filiación histórica muy clara entre esta visión y el proyecto noucentista. En la Cataluña ilustrada y burguesa de finales del XIX, había un proyecto cultural y político que explica desde las agrupaciones excursionistas a los Juegos Florales. La Guerra Civil y el franquismo seccionó esta evolución y, por eso, tras la restitución democrática de alguna manera se invocó al ideal de la Renaixença o, casi mejor, a una versión idealizada del proyecto ilustrado burgués. Así, entre los 70 y los 80 la contracultura hippie y la apertura del postfranquismo convivió con una recuperación del ideal noucentista, siempre con el hilo conductor de la lengua. 

¿Cómo son estos independentistas?. La principal característica es que perciben una identidad cultural diferenciada. No mejor ni peor, sino esencialmente diferente. La afirmación de lo catalán no se basa en la negación de lo español. Pero en todo caso, ven en la independencia la solución natural a un ‘hecho diferencial’, la respuesta lógica a una cultura propia en el sentido ‘herderiano’. Es lógico que Cataluña sea un estado, porque esta es la forma política del sustrato cultural catalán. En principio, para un independentista ilustrado, España es otra forma cultural, que es respetada y que en algunos de sus elementos puede ser incluso admirada. Pero no es su cultura y entonces no puede ser su país. 

Una de las debilidades más evidentes del ‘procés’ es la ausencia de un proyecto cultural potente asociado al proyecto político. A diferencia de finales del XIX y principios del XX (Gaudí, Fabra, Dalí, Víctor Català, Puig i Cadafalch, Picasso, Sert, Foix, Pla…) no hay una nueva ‘renaixença’ cultural que acompañe el movimiento político, más allá de la arquitectura. No hay una nueva literatura catalana ni una nueva pintura o un nuevo cine que dé forma al eje cultural de esta versión del independentismo. Hay, creo, un punto de nostalgia, una invocación idealizada de los clásicos, pero no una propuesta cultural renovada de país. 

El independentista derrotado 

‘De derrota en derrota hasta la victoria final’. Este sería el credo de una parte de los independentistas. Cataluña sería un proyecto truncado históricamente por la victoria (militar) del otro bando, de la Guerra de Sucesión (y antes, de 1640) al totémico 1714, la dictadura de Primo de Rivera o, por supuesto, la Guerra Civil. No es casual que el himno catalán sea la celebración de una derrota, como si se hubiera perdido un episodio de la historia pero no la batalla futura. Como en todos los nacionalismos, esta visión es historicista y crea una suerte de compromiso, de obligación moral. Cataluña debe ser una nación, no porque ganó ese derecho en una batalla histórica, sino por todo lo contrario: En memoria de los que lo perdieron. 

Todas las construcciones nacionales deforman la historia. España, Francia, Rusia y Tuvalu. También Cataluña, claro. Por un lado, porque reclama una filiación histórica casi milenaria aunque las naciones son una construcción social de la historia moderna. Y por otro, porque reduce la complejidad de los procesos sociales a un guion a conveniencia. Por ejemplo, la Guerra Civil sería casi un enfrentamiento entre catalanes y españoles, sin referencias al fascismo en Cataluña ni al bando republicano de Madrid, Andalucía o Asturias, pongamos por caso. Y esta versión ha logrado fijar un relato muy extendido entre el independentismo, que es el neofranquismo de la España actual, o sea una nueva forma de una vieja batalla. 

La mayor parte de estos independentistas apuestan por una respuesta combativa. No se trata de violencia, porque no hay el más mínimo rastro de ella en los años de ‘procés’. Pero sí abogan por una confrontación, una tensión permanente, que haga inviable el laissez faire del gobierno de España. Este eje ha conectado con reivindaciones populares de corte radical y han ejercido un papel fundamental en la movilización ciudadana. Nuevamente, no hay escenario posible que no sea la victoria; hay una obligación moral, casi ética, que quiere recuperar el país de las derrotas que, según esta perspectiva, se han acumulado desde el siglo XVII. 

Balance inicial: Los tres ingredientes básicos 

Resumamos. En la lucha contra el franquismo y en el inmediato postfranquismo, conviven tres elementos que configuran la base de un movimiento latente. Por un lado, la pervivencia casi atávica del desprecio al vecino que se alimenta de un desprecio recíproco; es probablemente minoritario en este momento porque sobresale el proyecto colectivo democrático. En segundo lugar, la recuperación del proyecto noucentista, ilustrado, que proyecta la cultura y la lengua catalana, y sobre ellos imagina un ideal de nuevo país. Y, finalmente, un trasfondo de carácter más radical, que propugna un cambio social y económico, y que conecta esta aspiración con la historia de derrotas del país, y la necesidad de una compensación histórica. Fijémonos que son tres proyectos que tienen muy pocas posibilidades de conectar porque responden a lógicas diferentes. 

Es importante retener tres ideas. La primera es que el independentismo está latente desde finales de los 70 y posee una base social amplia mucho antes del cambio de siglo. En segundo lugar, el proyecto constitucional (la transición y su consolidación) diluyen una parte de la capacidad de crecimiento de esta base social. No la elimina, pero sí la aplaza. Y finalmente, no creo que el factor que hace cambiar la alquimia del ‘procés’ sea el rechazo que hace el Tribunal Constitucional de la reforma del Estatut. Eso fue la espoleta. Pero si no hubiera sido la sentencia del TC, unos pocos años después cualquier otra mecha habría desencadenado una serie de acontecimientos bastante similares. En realidad, lo que ocurre con el cambio de milenio es la irrupción de dos nuevos grupos, que van a convertir la aparente minoría en al menos la mitad del país. 

El independentista pragmático 

La definición es de Santi Vila e hizo fortuna. Creo que describe bastante bien la progresiva aparición de una nueva especie que plantea el dilema Cataluña - España en unas nuevas coordenadas: Las de la hoja de cálculo. Una nueva generación de ciudadanos ven el debate en términos de coste - beneficio y empiezan a intuir que los números no cuadran. Crece la percepción que la situación económica del país y también la gestión de los recursos sería mucho más favorable con un gobierno propio. Y se suman a esta visión una parte creciente de los empresarios de las pymes, que hasta ese momento habían mantenido una visión más bien contraria. 

Pero es muy importante constatar que esta visión pragmática no solo hace referencia al debate económico. Es también social, cultural o incluso ambiental. Para ello, es esencial incorporar la progresiva erosión del mito de la transición modélica y del pacto de estado. Desde el cambio de siglo (sumen la crisis, el 15M, la corrupción), una parte creciente de Cataluña asume que el pacto no es posible, que no habrá una respuesta política a una demanda latente y que en realidad España no es capaz de entender ni de integrar a Cataluña. Digamos que un día alguien mira a su pareja y admite lo que llevaba tiempo sospechando: que estaría mejor sin ella. En este momento, lo más relevante no es si tiene o no razón; lo que importa es la percepción. Y el pragmático percibe (sea o no cierto) que el plan B de la independencia es el mejor plan posible. 

¿Cómo son estos independentistas?. En primer lugar, recien llegados. Algunos derivan a algunas de las tipologías precedentes y se tornan anti (la fe del converso) o abiertamente radicales. Pero en general, creo que el grueso de ellos mantienen una distancia con los ideales historicistas, culturalistas o negacionistas. No es una cuestión sentimental, ni ética, ni simbólica. Es simplemente, una decisión práctica. Y aunque son un colectivo muy importante, no es suficiente para explicar la expansión. Por eso necesitamos un nuevo ingrediente. Y nos tenemos que situar en el Passeig de Gràcia, en la manifestación que muestra su rechazo a la sentencia del Tribunal Constitucional. Nos vamos al 10 de julio de 2010. 

El independentista socializado 

La sentencia del TC provocó la que hasta ese momento había sido la mayor manifestación en Cataluña. Estaban casi todos allí, de los socialistas a los votantes de Unió, pasando por convergentes y por supuesto republicanos. La manifestación que inicialmente fue concebida como una reacción contra la decisión judicial pronto se transformó en un acto de afirmación del independentismo. Salieron a la calle y advirtieron que eran muchos. Puede que en ese momento menos de lo que llegaron a imaginar, pero sin duda alguna, eran muchos. Digamos que el 10 de julio de 2010 el independentismo sale del armario. Y crea su propia ‘parade’. 

Es ante todo una actividad social, un ritual colectivo, especialmente en los impresionantes actos del 11 de septiembre. Se consigue unir el país de una punta o otra con personas que se dan la mano. Pero es mucho más que eso. El independentismo aparece en las tertulias, en las universidades, en los movimientos sociales, en la vida cotidiana. Ser independentista es ‘cool’, es una extraordinaria herramienta de socialización. Y es, por tanto, una vía que toman algunos no necesariamente por la convicción profunda de la reivindicación, sino porque de repente (y contrariamente a lo que ocurría un par de décadas antes) expresar abiertamente un ideal independentista pasa a ser socialmente bien visto. No defiendo en absoluto que estos nuevos acólitos mientan o disimulen; creo firmemente que piensan como se expresan. Lo que intento decir es que el verdadero estímulo para su afiliación es el valor social de la condición de independentista. 

Aquí se incuyen por ejemplo los jóvenes, mileniales y generación z, que entran en la madurez en medio del conflicto, y que repiten las pautas que ven en la calle y entre sus compañeros. Ser independentista es mucho más ‘cool’ que no serlo, y no solo en Vic u Olot, sino incluso en el Área Metropolitana de Barcelona. O de los inmigrantes que se sienten atraídos (y no es para menos) por la impresionante capacidad de movilización y el ambiente cívico y lúdico de las reivindicaciones. De repente, disponen de una herramienta que les permite ‘entrar a formar parte de’.

En este último ingrediente empieza a manifestarse un subconjunto, que puede ser una de las claves de todo el proceso, que es el de los independentistas reactivos. Son catalanes que han mantenido una distancia, cuando no una oposición al ‘procés’, pero que se han sentido desarmados ante las reacciones del gobierno español. Son personas incapaces de entender, por ejemplo, el uso de la fuerza el uno de octubre o el encarcelamiento de los líderes o la aplicación sistemática del 155. Como no se sienten identificados con la reacción de un lado, se acercan poco a poco a la versión del otro lado. 

En resumen 

En realidad, el independentismo es la suma compleja de sensibilidades muy diversas y de matices lleno de tonalidades. Pero simplificando, podríamos admitir que existen cinco grandes grupos. Los tres ingredientes básicos del independentismo clásico, los negacionistas, los culturalistas y los historicistas, han conseguido atraer hacia sí dos grandes grupos que han ampliado y mucho la base inicial: Por un lado, los pragmáticos y por otro los socializados. Por supuesto existen combinaciones de diversos grupos y hay constantes trasvases desde uno a otro grupo. Pero, como veremos, una visión más atomizada del independentismo nos ofrece más claves sobre la posible evolución futura y sobre las vías de resolución del conflicto. Mientras deciden en qué grupo se hallan ustedes o su primo de Berga, pueden comentar cuanto quieran. En la próxima entrega, intentaré mostrar que tampoco existe un bloque ‘unionista’, sino una amalgama bastante diversa de actores.

3 comentaris:

Anònim ha dit...


Interessant la densitat del silenci general. M'imagino de què va el silenci....


Juan ha dit...

Crec que es resumeix en un 'ser indepe es mes cool', 'espanya ens roba' ens han de donar més centims, i des de petits ens han fet creure que el català es molt important (nomes 2 classes de castellà a la setmana).

Anònim ha dit...

Sincerament brillant. Felicitats per la capacitat d'anàlisi que s'enyora...