25 de febrer 2009

Turismo cultural





El turismo cultural es un gran contenedor de experiencias muy diversas. Visitar la vieja Persépolis de la mano de un guía local, imaginar la presencia de Naguib Mahfuz en el Café Fishuai del Cairo, colaborar durante cuatro días con una familia de Binh Thuan en los preparativos de la fiesta del Tet, introducirse en el laberinto de galerías de Cu Chin creado por los vietcongs o deambular por las calles animadas de Cuzco, son todas ellas formas de turismo cultural. En realidad, utilizamos el término turismo cultural por designar ideas diferentes.

El turismo culto recoje la idea auràtica de la cultura. En este caso, no es tan importante el objeto de la mirada turística como la actitud turística. La condición cultural se logra no mirando un objeto cultural, sino mirando culturalmente un objeto. Desde esta perspectiva, no todos los turistas que visitan el Museo Nacional de Arte de Catalunya (MNAC), el núcleo histórico de Lucca o las ruinas de Hierva Reggia son turistas culturales. El elemento distintivo es la capacidad de interpretar, de leer, el código cultural del espacio visitado.

El turismo de la cultura, o quizás mejor el turismo monumental, es un concepto opuesto al anterior. En este caso, la condición de cultural se deriva del elemento visitado y no de la actitud del visitante. Podríamos decir que es un turista cultural aquél que visita elementos culturales. Es inevitable un interrogante: ¿Qué elementos tienen la condición de culturales y por qué?. Desde el siglo XIX, los monumentos se han situado en el epicentro de la búsqueda turística cultural y han sido, junto con el sol y la playa, las fuerzas motrices del turismo masivo. Desde esta perspectiva, la cultura se confunde con la representación material de la cultura. De hecho, los monumentos son también construcciones sociales y, por esto, diferentes periodos históricos o diferentes grupos sociales pueden otorgar la condición de monumental a unas obras o a otras.

El turismo patrimonial (una traducción no demasiada afortunada del heritage tourism) es utilizado a menudo como un sinónimo del turismo de la cultura. Pero ambos están separados por un matiz que es esencial. El patrimonio es una evocación del pasado, un salto temporal que conecta el pasado y el presente, aquello que es ahora con aquello que ha sido. La visita turística del patrimonio es, en cierta medida, un travesía por el pasado. Como es obvio, no se trata de una transcripción literal del pasado, creada por el propio visitante. Ante el testimonio del pasado, los visitantes no sólo ven las características formales del monumento, sino que re-construyen el escenario histórico que le da vida. Cada acto turístico patrimonial es en realidad una forma de proyección de los mitos del pasado sobre sus objetos.

La aparición del concepto de patrimonio inmaterial está muy relacionado con la idea del turismo de las culturas, en el sentido antropológico. Desde esta perspectiva, cualquier forma de turismo puede ser considerada turismo cultural. Un visitante que llega a Rapa Nui seguirá el pasos antropológicos de la cultura local, entre las danzas tradicionales, las viviendas de madera, la gastronomía, la iglesia de Rapa Nui, la celebración de Haka Pei, la inevitable visita de los maois o la fiesta de Tapati. Pero su recorrido se puede emular en la gran avenida de Las Vegas, entre la reproducción a escalera de París o Venecia, el espectáculo de Fremont Street, las capillas con luces de colores, la ambientación kistch del Caesar's o la semiología de los neones que intentó descifrar Venturi. Todos los lugares son productos culturales y, por lo tanto, todos ellos pueden ser contemplados desde una mirada cultural, en su acepción antropológica.

En la práctica, el turismo de culturas (el turismo de la cultura viva) selecciona unos elementos determinados y obvia otros. Estos turistas centran su interés en las formas culturales que conectan con el pasado: los rituales (espontáneos o programados), las manifestaciones festivas, las técnicas artesanales, las vestimentas locales, la gastronomía popular o los escenarios de la vida cotidiana (un mercado, una animada medina, una escuela rural, un casino), que parecen residuos de la historia en el presente. A menudo, los turistas no van en busca de las culturas locales contemporáneas, con su diversidad, sino que buscan la imagen idealizada de una representación de las culturas locales.

La quinta acepción del turismo cultural pone el acento en la concepción económica del turismo. El turismo cultural es la conversión de la cultura en mercancía. De hecho, esta lectura es heredera de la interpretación economicista del turismo: el turismo no es una experiencia, sino el aprovechamiento económico de esta experiencia, la conversión en un proceso de compra - venta de la búsqueda de lo extraordinario. Reducido a una transacción, el turismo es una perversión de la experiencia cultural, porque adultera la esencia de la relación entre el monumento y el observador. La relación entre el elemento cultural y el individuo se basa en la experiencia individual y singular. Si la cultura pasa a ser una mercancía para un consumo masivo, se rompe la lógica individual de la experiencia y se convierte en un proceso rutinario de sensaciones programadas. Podemos adoptar en este punto la idea de industria cultural que propone Benjamin: la cultura de masas no implica una producción en masa, sino un consumo en masa de una producción individual. Por esto, turismo y cultura son concebidos como antagónicos: cuando entra el primero, desaparece el segundo.

La última acepción del turismo cultural es la antítesis de la anterior. Si la mercantilització de la cultura opone turismo y cultura, porque toma el carácter económico del turismo y la esencia estética o antropológica de la cultura, en el viaje extra-ordinario turismo y cultura son dos procesos que tienen en su raíz un elemento común que los vincula. Los turistas rompen con el espacio ordinario e inician la búsqueda de los sights, el epicentro de la experiencia turística. Estos sights (materiales o inmateriales) intentan transcender la experiencia cotidiana, la vida profana, y por esto están imbuidos de una profunda carga simbólica: representan más que enseñan. Su valor no se fundamenta en la carga estética del monumento o de la escena, sino en su connotación simbólica, la superación de la cotidianidad. El turismo y la cultura son caminos diferentes para llegar a lo extra-ordinaro. Ambos ofrecen una forma alternativa de la experiencia cotidiana, un simulacro de transcendencia. La cultura y el turismo son pasarelas hacia una interpretación alternativa del mundo.

A lo largo de este recorrido, hemos podido constatar que el turismo cultural designa muchas prácticas diferentes: la visita erudita a la exposición de collage en la Fundación Tapias de Barcelona, la visita sistemática de los principales monumentos del Madrid de los Austrias, la búsqueda de la conexión con el pasado entre las ruinas de Ampuriasla contemplación de los últimos síntomas de la ciudad y la sociedad comunistas entre las calles de Tirana, el acceso a un recinto cultural domesticado para el consumo turístico a Puy de Fue o el viaje espiritual ante la Santa Crocce de Florencia. No sólo hay varias prácticas de turismo cultural, sino lecturas diferentes del mismo acto turístico. Por esto, más que un fenómeno claramente definido, el turismo cultural es una red de fenómenos y de lecturas de fenómenos, que se relacionan entre sí con conexiones frágiles, cambiantes y a veces, simultáneas.


Publicado en clan-destinos