06 de juliol 2011

La piscina



Max llega puntual a su cita. La moqueta huele a espliego. Mientras espera, hojea las revistas que se amontonan en la mesita de cristal, hundido en un sillón. Entran y salen lívidas secretarias, tan esbeltas y hurañas como en un desfile de moda. Las puertas no paran de abrirse y cerrarse, cargadas de sonrisas y palmaditas en la espalda. Frente a él, un individuo inflado como un inmenso lechón sostiene grácilmente el móvil entre el hombro y su cabeza, mientras repasa un diario deportivo con manchas de café.

- El Consejero de deportes no puede recibirle. Quizás yo pueda ayudarle

El joven sonríe de forma desmedida y la hilera de dientes blanquísimos contrasta con una tez particularmente oscura. Sin renunciar a su inmensa sonrisa, le acompaña por el laberinto de despachos, y guiña un ojo a una secretaria que le responde con gesto frívolo. El despacho es tan pequeño como un confesionario. Sin dejar de sonreir, el joven anota con letra críptica las explicaciones de Max.

- La Consejería nos ha asignado una partida para una piscina. En realidad, nosotros no la necesitamos. ¿Ve? (Max enseña las fotografías que él mismo realizó pensando en la entrevista). Al lado de la ciudad, discurre un río que siempre tiene un caudal aceptable. Desde principios de abril, los fines de semana comemos en la riba, nos bañamos y bajamos río abajo donde el agua ha abierto una poza enorme. Nosotros la llamamos La bañera de la señora. Incluso en diciembre es costumbre empezar el año con un baño en las aguas del río, si no están heladas.

- ¿Entonces quiere renunciar a la subvención de la piscina?

- En realidad, lo que necesitamos es un nuevo silo. La Consejería de Cultura convirtió el viejo silo en un centro polivalente y ahora tenemos que almacenar el grano en la capital de la comarca, que está a más de media hora de los campos. Queremos un silo; no una piscina.

El joven sonríe mientras le explica que la Consejería de deportes no puede destinar sus recursos a obras que no sean deportivas. Le mostró después los estudios que habían realizado para asignar la dotación de subvenciones. No era sólo la piscina de su municipio, sino la piscina de una AHD (área homogénea de distribución) que estaba formada por seis núcleos de población. El joven le entregó una carpeta con las condiciones técnicas de la piscina, los formularios de la subvención y un catálogo a todo color de la empresa concesionaria.

En el taxi que le lleva a la estación, Max empieza a calcular las onzas de grano que cabrán en la piscina que construirán a partir de septiembre. Y sonríe. La ciudad ya tiene su nuevo silo.

1 comentari:

Anònim ha dit...

es genial, m'encanta. aquest Max, crec que m'ha cautivat