21 de novembre 2013

El limpiabotas



- ¿Limpio, señor?
Era el cuarto limpiabotas que me ofrecía su servicio. Y pensé que si no accedía, no dejarían de preguntar. El avión saldría con retraso. Y en medio del tedio y el cansancio, asentí con desgana.
Coloqué el pie en la pequeña tribuna y advertí que los zapatos estaban apagados como un cirio consumido por el tiempo. De los minúsculos cajones, sacó toda clase de cremas, de cepillos y de paños. Después, en una coreografía mágica, el betún y la cera impregnaron cada rincón del zapato. En pocos minutos, brillaban como jamás lo habían hecho, como dos luciérnagas en celo.
Antes de ofrecerle unas monedas, no pude evitar alabar su trabajo.
- Lleva usted mucho tiempo limpiando zapatos.
- Cincuenta y ocho años, me dijo como si llevase la cuenta con la precisión de un contable.
- Empecé con once años. Cada día de esos cincuenta y ocho años, sin excepción, he trabajado. Solo descanso el día de Navidad.
- Ha tenido usted una vida muy dura, acerté a responder, totalmente compungido.
El limpiabotas ordenó hábilmente sus herramientas en la vieja caja, agradeció la propina sin demasiado entusiasmo, se levantó con parsimonia y me miró con sus ojos brillantes escondidos en un océano de arrugas.
- Mi vida, señor, ha sido maravillosa.
El avión finalmente despegó. Dejamos atrás Medellín, el aeropuerto y a Héctor, el limpiabotas. E incluso desde tan alto, en medio de las luces de la metrópolis que pululan compulsivamente, se podía ver el rastro de felicidad de Héctor. Y por un instante, creo recordar, todo tenía sentido.

2 comentaris:

Saida ha dit...

imagino l'Hector, l'aeroport (desordenat), un vol en retard, els ulls adormits, la ciutat que s'allunya, la constància, l'amabilitat, els colors d'un país que creix...

Clara Ortega ha dit...

Molt interessant!