18 de març 2014

Fast look



Si hoy es martes, esto es Bélgica es una película que parodia esos tour imposibles en los que apenas es posible ver nada. Siete días, diez ciudades, cincuenta monumentos. La industria del turismo cultural sigue aún hoy en muchos lugares la lógica de las visitas fugaces. Lo llamaremos fast look, la versión turística del fast food. Y el mismo sentido: Calidad mediocre, consumo masivo, precio bajo.

Los estudios que hemos llevado a cabo en INSETUR, en los que hemos seguido el rastro de los turistas en destinos culturales refuerzan esta imagen. Las iglesias de la Vall de Boí apenas ocupan unos pocos minutos de la estancia global de los visitantes del valle. En Girona, la media de tiempo dedicada a admirar monumentos no supera la media hora. Todo el sistema turístico está atrapado por los mecanismos de este fast look, que genera una relación muy superficial (casi epidérmica) entre sujeto y objeto, entre visitantes y destino.

Las causas

El fast look es la suma de muchas causas, históricas, sociales, turísticas, que operan de forma simultánea. Éstas son las más importantes.

1. La industria turística se ha basado en la colección de monumentos de forma casi compulsiva. El objetivo es acumular visitas, no hacer de cada una de ellas una experiencia memorable. Hojeemos cualquier guía: "Si tiene tres días, ésta es la lista de las cosas que tiene que visitar en Venecia". Las guías, los cuadernos de viaje, las narraciones turísticas son esencialmente una sucesión de lugares y monumentos.

2. La poderosa industria de la intermediación también fuerza estas visitas relámpago. De las excursiones radiales que te enseñan Barcelona en tres horas, a los cruceros que atracan en una mañana y salen al atardecer o los tours por ciudades europeas a tanto el kilómetro. Como en los antiguos restaurantes (que confundían calidad con muchas patatas fritas), algunas agencias creen que el valor de una excursión depende del número de cosas que se visitan.

3. Digamos que los destinos tampoco gastan demasiado esfuerzo en combatir este fast look. Los monumentos están organizados para ser visitados en un momento. Los lugares culturales parecen estar diseñados para un consumo instantáneo, entre el desayuno y el almuerzo. Cuesta mucho saber qué hacer en una catedral o en un museo, más allá de deambular o de mirar. Cuesta mucho encontrar relatos historias, emociones.

4. Existe una tradición enciclopédica, acumulativa, que hemos heredado de los primeros museos. Cuando uno entra en una pinacoteca como el Prado o el Hermitage, con pasillos infinitos y más cuadros de los que puede retener un mentalista, tiende a vagar de sala en sala hasta que su capacidad de retentiva se colapsa y entonces, probablemente, solo desee huir. Dos siglos después, aún vamos a un museo a seguir un itinerario casi obligatorio del primer al último cuadro.

5. No hay un protocolo claro de los que hacer en un monumento. Lo vemos, lo admiramos, leemos dos paneles (a menudo, insufribles), capturamos dos imágenes y, ¿ahora qué?. No existe una tradición de superar esa membrana que separa la profundidad de un lugar y la superficialidad del tránsito turístico. Faltan manuales que enseñan a escuchar los espacios.

6. Lo que hacemos la mayoría de nosotros en un espacio cultural es tomar fotografías y, a veces, filmar. El rito fotográfico es tan fuerte que a veces sustituye la propia visita corpórea. Con frecuencia me imagino a ese turista que captura miles de imágenes del lugar, sorprendido en su casa ante la belleza de un lugar que solo descubre cuando ve lo que ha guardado. A veces, vemos por primera vez en nuestro hogar, en el regreso.

7. Viajamos por muchas razones. Pero una de ellas es que viajamos para que los demás sepan que viajamos. Y en la bolsa social, cotiza a la alza el número de lugares que hemos visitado. No es lo mismo estar 16 veces seguidas en Bogotá, que estar un día en Cuzco y otro en La Habana. Por eso, muchos viajeros rehúyen volver a un lugar que ya han visto, como aquellos cromos que coleccionábamos y que tan solo nos interesabas los ejemplares que aún no teníamos.

8. Las redes sociales han multiplicado por mil este afán. Detallamos en un mapa todas las ciudades en las que hemos estado, compartimos las imágenes, explicamos en un breve tweet o en un comentario del muro de facebook cuatro vaguedades sobre el lugar que hemos visitado. Y al que no tenemos la intención de regresar.

El resultado de estas causas (y otras que ahora no sé formular) es un consumo superficial de las ciudades, epidérmico, sin profundidad. Turistas que están en muchos lugares, que ven mucho pero miran muy poco. Turistas a los que les cuesta entender y se limitan a contemplar. Los efectos del fast look no solo repercuten de forma negativa en los visitantes: Estas visitas fugaces crean más impactos que beneficios a las ciudades receptoras.

Contra el fast look

Si el fast look generó un proceso de slow food, el turismo también necesita su antídoto. Ni los visitantes, ni los monumentos, ni los destinos, ni las empresas de intermediación ganan con este modelo. ¿Cómo combatimos los mecanismos que fomentan el fast look?.

1. Los lugares se deben llenar de historias. Los monumentos, de contenidos. El objetivo no debe ser ver, sino escuchar. Precisamos de una verdadera revolución de las narraciones, una nueva era del relato. Las iglesias son contenedores de historias. También los museos, los palacios, los mercados, las murallas... La major forma de combatir la prisa es la curiosidad.

2. La estrategia de comunicación de los destinos debe buscar un cierto minimalismo. Sustituir las cincuenta cosas qué hacer en la ciudad por las tres experiencias inolvidables. Rebajar la presión en el visitante: Invitarle a ver memos cosas, pero verlas mejor. Pienso en oficinas de turismo que sugieren relatos, experiencias, oportunidades. Me imagino un folleto con un solo elemento.

3. Personalizar es una buena vía para acercar objetos y sujetos. Ofrecer solo lo que suponemos que le va a gustar. Despojar del listado de elementos aquellos que suponemos que no les va a gustar, y proponerles unas pocas ideas, con el máximo de profundidad posible.

4. Podemos hacer sentir a los visitantes como espectadores exclusivos de oportunidades casi únicas. Me imagino, por ejemplo, un museo que solo permite entrar a dos personas en una sala durante diez minutos. La oportunidad de ver un cuadro a solas y dejar que la pintura te explique alguna cosa. Me imagino un museo que selecciona cada mes unas pocas obras.

5. El cambio debe ser también organizativo. Hay que perseguir un tiempo mínimo de estancia en la localidad. Se me ocurren mil fórmulas para provocar estas estancias más prolongadas. Les propongo una idea simple: Un aparcamiento de coste inverso. Cuanto más tiempo estás, menos te cuesta.
Los destinos deben combatir activamente las estancias relámpago. 

6. Las experiencias híbridas son mucho más estimulantes. Mezclemos pintura y música, danza y patrimonio, teatro y escultura, gastronomía y ciencia... Sorprendamos al visitante. Imaginemos aquello que no espera y ofrezcámoslo. Estimulemos la curiosidad. Juguemos. Invirtamos todo lo establecido. Empecemos de cero.

El fast look es un ritual anclado en los patrones culturales del consumo turístico. Es una forma habitual, aprendida, reproducida de visitar un lugar. Y es muy difícil combatir un proceso tan arraigado. Pero no podemos permitir que la experiencia turística quede reducida a un brevísimo instante, capturado en una imagen fotográfica. Hay que crear, también en el turismo cultural, un slow look. 

3 comentaris:

Josep Gesti ha dit...

Aquest és un d'aquells escrits "necessaris", dels que un cop llegits un es pregunta... com pot ser que això, de tant evident, no hagi estat escrit abans?

Més d'un haurà (haurem) passat vergonya en llegir la descripció dels punts clau de la conducta "fast look" i descobrir fins a quin punt hi podem trobar identificació, com a usuaris "turistes" o com a part professional implicada.

Certament no ens podem permetre aquest pas de puntetes, efímer, dels nostres turistes/visitants/ciutadans si volem que el turisme respongui a les altes expectatives que hi estem dipositant.

Un plaer de lectura José Antonio.

Rafel ha dit...

El fenomen d'exhibirse, de sentirse apreciat, reconegut, admirat... son segurament el que porten a volguer tindre aquesta llista de llocs visitats i que, es clar, volem explicar a tot deu. Per una banda el component d'animal social es inherent a nosaltres, per altre el narcisisme/exhibicionisme que el sol acompanyar es malaltis.
p.ex. facebook: que m'importa que t'hagis pres aquest plat per dinar? O que et tiris una foto super entusiasmat en una platja? I aixó dia rera dia... Un acabar per elegir el 'no follow' i ja está, i utilitzar el facebook nomes com a missatgeria.

MT MightyTravels ha dit...

Mensaje muy interesante! Me encanta viajar y, a veces sólo tienen tiempo para ver los sitios importantes. A veces, sólo necesito un enlace rápido a lo que realmente debería ver :)



Torsten @ http://www.mightytravels.com