19 d’abril 2015

León come gamba



Sé que el estilo Risto Mejide ha creado escuela. Te sientas en tu silla, con tu suficiencia y tus gafas oscuras, y ejerces de juez y verdugo, de fiscal y abogado. Seis frases ensayadas. Una ceja arqueada. Y una sonora bofetada, vejatoria claro, al infeliz que soñó con ser cantante. Es el modelo Chicote. El cocinero que entra en el restaurante maldito y llena el local de post-its de desprecio. Y es el episodio 'León come gamba', en el que un aspirante a cocinero sin talento se llevó un saco de improperios gratuitos. Siempre me pregunté por qué en Master Chef han adoptado esa especie de estética militar, la del teniente gritando al recluta patoso. Del 'señor, sí, señor' al 'sí, chef'.

Llevo muchos años como profesor. Y eso quiere decir que he tenido que juzgar miles de exámenes y otros tantos trabajos. Ensayos, propuestas, artículos, diseños,... Algunas piezas brillantes que me han quitado el hipo. Muchos documentos convencionales, sin alma, sin luz. Y una montaña de escritos deplorables. Recuerdo alguno que casi me hace llorar. Y uno en el que pensé que no era posible hacerlo peor, que había alcanzado el cero absoluto, el kelvin académico. Y sí, puedo seguir el llibro de estilo de Masterchef, subirme a un pedestal de dos metros e insultar con prepotencia al estudiante inútil. Pero no lo voy a hacer.

Con los años he descubierto que todos tenemos talentos. Sí, hay virtuosos y genios, pero la mayoría de los mortales somos malos en muchas cosas y razonablemente buenos en otras. El oficio del profesor (y el de cualquier evaluador) debería ser potenciar aquello en lo que destacamos, más que poner el dedo en el ojo de lo que hacemos peor. Enseñar las sombras no tiene mérito; no requiere ninguna habilidad especial. Pero descubrir la luz interior que nos ilumina es mucho más complicado. Hemos creado un sistema obsesionado por repetir a la gente sus errores y sus limitaciones, en vez de valorar sus aptitudes.

No es solo eso. Las personas necesitamos sentir que alguien confía en nosotros. Este estúpido concurso de competición y violencia que llamamos sociedad se esfuerza por hacer sentir a todo el mundo como un gusano. Y si mucha gente te llama gusano cada día, tienes tendencia a pensar que lo eres. Yo he constatado en mi trabajo la capacidad transformadora de una palabra de apoyo, de unas dosis (sinceras, reales, no impostadas) de confianza. No es autoayuda facilona ni una frase coelhista. Es un principio nuclear de nuestra propia condición de humanos: La crítica nos destruye y la confianza nos refuerza, de manera que usemos de forma muy responsables la una y la otra.

Decirle a alguien lo malo que es no tiene mérito. Ayudarle a ser mejor, aunque solo sea un poco mejor, aunque al final sea infinitésimanente mejor, es un oficio. Evaluar es solo el primer paso para mejorar: Luego viene enseñar a hacerlo mejor, y eso solo lo consiguen quienes realmente tienen talento. Hay gente que es capaz de enseñarte a bailar, aunque te muevas como un pulpo con convulsiones; o que logra que hables un idioma, aunque en el primer mes no sabías pronunciar ni el nombre de la profesora. Si alguien sabe cero, consigue que llegue a uno. Ése es tu oficio. Gritarle con un altavoz que es un cero solo sirve para alimentar tu ego (si tu ego es retorcido) y destrozar el tuyo.

Ahora que cotiza a la alza en la bolsa del postureo la crítica descarnada, dejadme reivindicar el otro modelo. Escuchar. Comprender. Abrir. Iluminar. Acompañar. Reforzar. Quitarse las gafas, bajar de la tarima, sonreir y volver a empezar. León come gamba.

2 comentaris:

Rafael López-Monné ha dit...

Collons nen! M'has emocionat.
Tots dos coneixem bé el que descrius al post.
Per cert, la humanitat, l'empatia, la humilitat... en quin apartat de les programacions ho hem de posar?
Una abraçada!

Toy folloso ha dit...

Plas, plas, plas.
O millor, enllaço el post als meus esforçats lectors.