10 de maig 2017

Pérez Reverte y nosotras

La culpa es de Lucía. Nos había hecho notar que los camareros de Madrid cada vez están más macizos. Y además de esos torsos inmensos y esos culos prietos, empezaban a proliferar los uniformes ajustados, tanto que no solo puedes conocer el calibre sino incluso la forma del glande. Lucía, que siempre tiene que buscar un sentido oculto a todo, consideraba que el nivel del personal era una estrategia para esconder la baja calidad del producto. Y por eso nos propuso ir a un restaurante de camareros rechonchos, Casa Ucilo. Como allí los rabos van cortos, nos podríamos centrar en el rabo de toro. O en el capón en pepitoria, que tanto monta, monta tanto.

Estábamos las de siempre. Mi amiga Lucía, Ana del Río, Carmen Figueroa y yo misma. En realidad, me lo invento. Puede que no fuera Carmen, sino Mariona. Pero el quién no es relevante, sino el qué. Eso sí, todas lamentamos que Ana no hubiera venido acompañada de su nuevo becario, un cubano de casi dos metros. Me refiero a la estatura, aunque Ana nos había explicado que Diego calzaba un XXL. Y Ana nunca exagera. Lucía nos estaba explicando cómo se había engordado su secretario desde que le dejó su mujer, que le habían salido como dos tetas gigantes, y que la silla empezaba a ceder por el sobrepeso. Justo cuando nos estábamos desternillando, aparecieron ellos.



Primero entró Pérez Reverte, el de Alatriste. El escritor culo caído, ya saben. Puede que algún lector mojigato me acusará de usar un término despectivo, pero me limito a describir su anatomía. Si digo el escritor que tiene un culo que le llega a los tobillos ya saben de quién estoy hablando. También estaban el barriga de sandía y el pene corto. Ese que había salido en las revistas con un bañador ajustado y marcaba un paquete tan pequeño que no sabías si le estabas mirando por delante o por detrás. Ya lo dice mi amiga Lucía: Aléjate de los hombres que la tengan más pequeña que su meñique. Ana dijo que había tantos hombres feos en el local que ya no había jarrete de ternera que lo compensase. 

No habían llegado al segundo plato y el culo caído y sus amigos ya iban más beodos que una despedida de soltero en Magaluf. Uno de ellos se levantó tambaleando e intentó fotografiarse junto a la comensal de la mesa de al lado, mientras se apoyaba en su hombro con sus manazas de oso. En la mesa, el pene corto reía con gruñidos desagradables y aplaudía con sus minúsculos brazuelos. Antes de que el acompañante de la comensal le diera un puñetazo en la barbilla, el maitre calvo con pelos en las orejas lo apartó de la escena y le acompañó hasta la mesa. "Por Dios, compórtense, caballeros. Los clientes se están quejando...". "Que le den por culo a los clientes", masculló el culo caído mientras disparaba perdigones "a ver si no vamos a poder fotografiarnos con quien nos sale de los cojones". "Y tú no tienes ni media hostia", amenazaba el pene corto.

Tras el quinto Protos, cambiaron de tercio y vaciaron tres botellas de licores de esos que nadie había probado en años. Ya estábamos tentadas de abandonar el restaurante, cuando cansado de las brabuconerías del pene corto, el acompañante levantó su metro noventa largo y su espalda de waterpolista. Le bastó con dirigirse hacia los beodos para que estos salieran corriendo como alma que lleva el diablo; y aunque el barriga de sandía taponó la salida por un instante, yo temí un efecto ventosa, finalmente salieron despedidos del local. Todos celebramos su marcha con un aplauso espontáneo. 

Ese día decidimos recuperar nuestra ruta de restaurantes de camareros macizos. Y amplíamos la promesa. Lucía tenía que despedir al zampabollos de las tetas gordas. A partir de aquel momento, solo contrataríamos becarios que tuvieran el culo duro y los bíceps como pelotas de baloncesto. Y que no se pusieran histéricos si un día les pellizcas el trasero. Como dicen los manuales de la empresa, no hay eficiencia sin control de calidad.