Los nuevos debates del post-turismo



Creo que cada semana hay un debate sobre el turismo. E inevitablemente, los argumentos empiezan a repetirse como si fueran ecos. Y ecos de ecos de ecos. Estamos llenando el auditorio (sí, yo también) de frases a 0,99: Sentencias que nadie ha demostrado y que actúan como el punto de partida de un debate que ya nace cojo. Además, mientras debatimos sobre los males y los bienes del turismo, se propaga un nuevo post-turismo, de manera que en unos años corremos el riesgo de hablar de algo que ya no existe.

Así que hoy no les voy a repetir todo lo que he intentado explicar en los años anteriores. Pretendo hacer otras cosa, situar el debate en un nuevo nivel, planteando nuevas preguntas y nuevos ejes de discusión. Lo que propongo es saltar una pantalla y situar la reflexión en un ring diferente. Estas son algunas de las tensiones del futuro inmediato; y del presente continuo.

1. ¿Y si el coste - beneficio no fuese la lógica de análisis?

El debate turístico está contaminado por el modelo coste - beneficio, lo que conduce inexorablemente a una situación de apocalípticos vs integrados, de turismofílicos contra turismofóbicos. Los primeros nos glosan los beneficios del turismo, y nos hablan de empleo, de ingresos, de impacto directo e indirecto, de balanza comercial y de proyección internacional. Los segundos contrarrestan con los costes ambientales, la gentrificación, la pérdida de identidad, la congestión, la destrucción de los tejidos tradicionales y, a veces, diría que hasta la alopecia de los residentes.

Yo, en este debate, me siento incómodo. Porque no es verdad que podamos construir un algoritmo eficiente que nos permita establecer un resultado coherente. ¿Cuántos empleos equivalen a la destrucción de un bosque histórico?. ¿Cada cuántos miles de euros podemos restar el efecto de la pérdida de tejido comercial tradicional?. ¿Cuántos niveles de identidad equivalen al incremento de un punto en la balanza comercial?. En realidad, el modelo de coste - beneficio no es una herramienta útil para este debate (y creo que para muchos otros debates donde se recurre a él).

Hay diversas alternativas (modelos de simulación, capacidad de carga, umbrales máximos, modelos deliberativos...), y no tengo muy claro cuál es la mejor, pero sí tengo claro que debemos abandonar de una vez por todas este agujero negro. Este es, por tanto, el primer (nuevo) debate: ¿Cómo aproximarse al debate turístico sin recurrir a la lógica del coste - beneficio?.

2. ¿Cuáles son las fronteras entre el turismo y el no turismo?. O casi mejor, ¿tiene sentido fijar estas fronteras?

Llamamos turismo a muchas cosas. A una persona que va a disparar a un rinoceronte indefenso en el corazón de África y a una pareja que veranea en un cámping de la Costa del Azahar, sí. Pero también a un estudiante que amplía su formación en impresión 3D en un curso de Atlanta, a un peregrino camino de La Meca, a un expositor en una feria de innovación téxtil a Varsovia, al asistente a un concierto de Eric Clapton en Dresden, al perito naval que evalúa los daños del accidente de un barco en el puerto de Le Havre o a la familia marroquí que vuelve a poblado del Atlas desde Bélgica, para visitar a los suyos y reconectar con la identidad perdida. Llevamos mucho tiempo intentando acotar los límites entre el turismo y el no turismo y cada vez tiene menos sentido este debate conceptual. Es más, me parece que el futuro del turismo tiene lugar en los espacios híbridos, en esos lugares que no son turísticos pero tampoco lo son.

Y en este debate, hemos aplazado sine die los límites de los excursionistas, esto es, los visitantes que no pernoctan. Ya les avanzo que todas las simulaciones sobre el número de excursionistas infravaloran el fenómeno porque comenten el error (como en el caso de Barcelona) de contar tan solo los desplazamientos de un día por motivos de ocio. Si un estudiante, un trabajador, un enfermo o un comercial que pernocta es un turista, un estudiante, un trabajador un enfermo o un comercial que no pernocta es un excursionista. Hay cientos de miles de usuarios diarios de la ciudad que no son turistas (porque no pernoctan), pero sí son visitantes. Y esforzarse en delimitar quién es quién no nos llevará a ningún lugar útil. 

Debemos redefinir el debate. No se trata de overtourism, sino de overmobility. Como he explicado en otras ocasiones, el turismo es una derivada más de un fenómeno más amplio, que es el de la movilidad. Crece exponencialmente el turismo porque crece exponencialmente la movilidad y cada vez tiene menos sentido delimitar las fronteras entre uno y otro. ¿Debemos crear nuevas categorías conceptuales?. Probablemente. 

3. ¿Existe un derecho a la movilidad?. ¿Y a la quietud?

¿Existe el derecho al turismo?. Esta es una de las preguntas que planteaba Albert Arias en un debate reciente sobre el turismo. Y me parece una pregunta muy pertinente. El turismo industrial nació en los años 30 como una conquista de las clases populares, como una consecuencia del derecho al ocio. No en vano, las congés payés son una pieza central de los célebres Accords Matignon del 1936 y era también una estrategia populista del fascismo, como el Dopolavoro italiano o el Krapft durch Freude alemán. Y los espacios de vacaciones fueron centrales en la estrategia social de la URSS, como por ejemplo los sanatoriums, el contrapunto a los terribles gulags. Tras la crisis del turismo fordista, ¿cuál es nuestra posición sobre el derecho al turismo?. 

De hecho, esta pregunta no puede formularse si no planteamos otra inmediatamente: ¿Existe el derecho a la movilidad?. ¿Es la movilidad un derecho?. ¿O es un privilegio?. No sabemos resolver esta pregunta y todas las que se derivan de ella: ¿Debemos acoger refugiados?. ¿Es bueno que las universidades se llenen de estudiantes internacionales?. ¿Existen límites a la movilidad en las fronteras internas?. ¿Tiene derecho un trabajador a buscar fortuna en otro lugar?. ¿Podemos impedir que una familia se reúna al menos una vez al año?. Naturalmente, no todas las preguntas tienen las mismas connotaciones éticas, políticas y jurídicas, pero no sabemos responder de forma global y particular a la mayor parte de estas cuestiones.

Tampoco deberíamos olvidar la pregunta inversa, como replicaba Marina Garcés en el debate al que aludía anteriormente: ¿Tenemos derecho a no movernos?. ¿Podemos reivindicar ser de un lugar y resistirnos a ser desplazados por la presión laboral, por la gentrificación, por la presión mediática del turismo y el ocio?. ¿Será la quietud una forma más de la resistencia contra la globalización?. 

4. ¿Qué es identidad en un escenario de neo-nomadismo?

Otra de las falsas dicotomías contemporáneas tiene que ver con la tensión entre turistas y residentes y, por extensión, entre la identidad local auténtica y la identidad sobrevenida de los visitantes. Este es un debate propio del fordismo, donde estas categorías estaban cargadas de significado. Pero sabemos desde el Mobilities de Urry que hemos entrado en una era de híper-movilidad en la que todo está en movimiento: Las personas, las mercancías y las ideas. Si cambiamos con mucha frecuencia de residencia, de lugar de trabajo, de espacio de formación, de lugares simbólicos que configuran nuestra identidad, ¿de dónde somos exactamente?. Es más, ¿qué sentido tiene fijar las identidades a los lugares?. ¿Qué quiere decir residente en el Londres contemporáneo?. ¿De quién es la ciudad?. 

Y si las ideas y las mercancías se mueven aún con más facilidad que las propias personas, ¿qué es de un lugar?. Los hábitos de compra, los referentes culturales, los gustos musicales, las prácticas gastronómicas, la organización simbólica del año, los objetos que adquirimos y las novedades editoriales se han desprendido poco a poco de los lugares que los crean. Esto no quiere decir que todos hagamos lo mismo. La globalización cultural no quiere decir hegemonía, sino más bien deslocalización. Así, ¿qué debería visitar un turista a la búsqueda de la identidad del lugar?: ¿La imagen artificial de un pasado que ya no es o las múltiples formas que toma la globalización junto a los residuos de la cultura local?. 

Y ya que hablamos de identidades, ¿cómo ignorar lo turístico en la identidad de las ciudades contemporáneas?. El turismo es un fenómeno global y los historiadores del año 3000 lo necesitarán para explicar cómo eran las ciudades del 2020. La arquitectura de la ciudad, el urbanismo, la organización comercial, el uso del espacio, la tensión entre lo público y lo privado en Barcelona es (también) fruto del turismo. ¿Cómo excluir el turismo de la ecuación sobre la identidad de la ciudad?. Si un turista visita la ciudad y quiere conocer su identidad, ¿no deberíamos llevarlo a las Ramblas saturadas de turistas?. 

5. ¿Cuáles son los límites de las ciudades?

Hemos aceptado sin demasiada reflexión que las ciudades turísticas están saturadas. Y cuando hablo de saturación me refiero a exceso físico, a colmatación. Hay demasiados turistas en las ciudades, se oye decir. Ha contribuído a ello un error muy frecuente, que es el de comparar turistas con residentes: Hay 10 millones de turistas en Barcelona y 'solo' millón y medio de barceloneses, critican algunos. Deberíamos añadir que un residente pernocta unas 350 veces al año en su ciudad y un turista solo dos, de manera que en realidad hay 20 millones de pernoctaciones turísticas por más de 500 residenciales, por no incluir la pléyade de usuarios de la ciudad que no pernoctan (los commuters, los estudiantes, los excursionistas o los seguidores del Barça que abarrotan el Camp Nou cada partido). 

Pero al margen de ello, si hablamos de saturación, ¿cómo fijamos el umbral?. ¿Hasta qué punto las concentraciones de personas forman parte o no de la idiosincracia de la ciudad, tanto de las turísticas como de las que no lo son?. Que 3.000 personas atraviesen el cruce de Shibuya en Tokio, aunque la mayoría no son residentes, ¿es saturación?. ¿Está saturado Manhattan con una densidad de casi 30.000 habitantes por kilómetro cuadrado?. Estamos en la primera civilización que es más urbana que rural (aunque Oriol Nel·lo nos alerta que ya no sabemos qué es una ciudad) y en 2030 dos tercios de la humanidad será urbana. Entonces, Shangai, Delhi o Tokyo habrán superado los 30 millones de habitantes. ¿Qué parámetros debemos incorporar a la planificación urbana para delimitar la saturación y, por tanto, combatirla?. ¿Cuánto es demasiado?. 

6. ¿Cómo será el turismo con la irrupción de la automatización?

Ya disponemos de máquinas que limpian, que sirven mesas, que pueden hacer una reserva, que gestionan la recepción de un hotel, que permiten hacer el servicio de habitaciones, que trasladan personas y mercancías sin conductor o que programan una excursión a partir de los patrones de uso de un individuo. Es muy difícil saber cuál será el alcance efectivo de la automatización en el sector turístico, pero de forma intuitiva podemos suponer que muchas de las profesiones turístico que ahora acumulan trabajo de bajo valor añadido están en vías de extinción. ¿Existirán los vigilantes de museo en 2040?. ¿Y cómo serán las recepciones de los hoteles?. 

Es posible que el turismo pierda una parte importante de la mano de obra no cualificada que ahora integra la industria. Eso quiere decir que el turismo perderá poco a poco su condición de relación interpersonal entre prestadores de servicios y usuarios y necesitará reforzar nuevas formas de relaciones, especialmente entre los propios turistas. Por otro lado, poco a poco el turismo dejará de ser una de las últimas fronteras de la contratación masiva, junto con otros grandes ámbitos económicos del sector servicio. De hecho, si el escenario de la reducción de la demanda laboral se produce (cosa que no está nada claro), ¿cómo gestionaremos el ocio en una sociedad con mucho menos trabajo?. 

Tengo otras cuantas preguntas en el tintero. En todo caso, tengo muchas más preguntas que respuestas. También tengo la sensación, como les explicaba al inicio de este post, que estamos dedicando muy poco tiempo a las preguntas estructurales que van a marcar la agenda en los próximos decenios y demasiado tiempo a debates que suenan a antiguos antes de los que planteemos. 

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